sábado, 16 de junio de 2018

El daguerrotipo de Dios


Iván Loyola
El daguerrotipo de Dios
2016
125pp


Iván Loyola Velarde (Lima, Perú 1961). Formado en ciencias y administración. Sus trabajos profesionales lo han llevado de los rincones más perdidos de los Andes a las callejas de Paris y de la ex-Yugoslavia y de los bosques amazónicos y coníferos de Alaska a embarcaciones de pesca en el Mar de Bering. De allí y de las lecturas de autores norteamericanos y caribeños se nutre su narrativa. 
Luego de 17 años en Canadá se afinca en el extremo sur de Chorrillos. Ha publicado un libro de cuentos En busca de Batanero y es autor de artículos relacionados a los vinos y a los recursos pesqueros, publicados en Perú, Canadá y Argentina. 
Ganador del COPE de Bronce 2010 y finalista del prestigioso premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional 2009.



El conflicto de un hombre sometido a los designios establecidos por una organización oscura, a la cual analiza y censura secretamente; por lo que se ve obligado al cumplimiento de una última misión. La declaración de una herencia que provoca el retorno de un académico a su país de origen y al desentrañamiento de las siniestras ofrendas exigidas por un tesoro inca. El rescate de un convicto en Ottawa a fin de librarlo del espectáculo de su rostro pintado para divertimento del público que visita la prisión. La historia del enamoramiento de un adolescente por la Venus de Willendorf, encarnada en una prostituta de formas hiperbólicas.  La supervivencia insólita de un náufrago en las frígidas aguas del mar de Bering y la sensación de congelamiento que lo acompañará sin treguas hasta el final de sus días. La búsqueda incesante por capturar la imagen de Dios en un daguerrotipo que testimonie científicamente su existencia. El secreto que guarda el hundimiento de una embarcación pesquera. La lucha al interior de una mafia nikkei en Lima. Son los ocho cuentos con que Iván Loyola organiza su segundo libro  —El daguerrotipo de Dios—, confirmando así su notable habilidad de constructor de estructuras narrativas sólidas y manejo de un lenguaje de gran riqueza.
Cada una de las historias invita a la complicidad del lector en un tour sorprendente que desembocará al final del libro, en la alegoría de un mundo vertiginoso girando alrededor de su verdadero eje: el juego del poder en sus distintas versiones.

sábado, 9 de junio de 2018

Bagatelas tras el espejo de Celso Procopio









Segundo Cancino
Bagatelas tras el espejo de Celso Procopio (novela)
ISBN: 978-612-46305-2-1
Cuadernos del Sur, 2014.
151 pp.

Bagatelas tras el espejo de Celso Procopio ha sido concebido a la manera de un puzzle literario donde emerge no una, sino múltiples historias que se deslizan entre la evocación agridulce, el testimonio y el diálogo para arrojar luces sobre las sutilezas de la conciencia humana en su proceso de transformación. Con un estilo ágil, polifónico y poético, el autor transita libremente entre la narración y el psicoanálisis, la reflexión filosófica y la ironía, a fin de construir la imagen del protagonista —Celso Procopio— como un hombre fragmentado, contradictorio y ambiguo; insinuándose simultáneamente personajes e historias, venidos como ecos desde la literatura clásica y medieval.
Segundo Cancino experimenta con las posibilidades del género y convierte a este libro en una novela o en un conjunto de relatos que ejercen sobre el lector una poderosa atracción, un impulso a sumergirse entre espejos; y en cuyos límites queda flotando la disyuntiva de si todo es verdad o solo aparenta serlo.

domingo, 12 de marzo de 2017




El rey de Ancat

Por Gabriela Caballero Delgado

Alguna vez Tacna tuvo un rey: Aunque no se tratase ese reino precisamente de Tacna, sino de Ancat. Ni Guido Fernández de Córdova y Amézaga resultase ser su coronado monarca —como debió haber sido— sino Sadín, su alter ego o heterónimo. Digámoslo mejor así: Hubo en mi ciudad un rey que un día lo perdió casi todo.
Si algún visitante, al dar un paseo por la alameda Bolognesi, se topa en una de sus cuadras con una librería de esas que aquí abundan: las que han hecho de la piratería, un próspero negocio; puede que note en el letrero de una de ellas, el título: “Reino de Ancat”. Y si, empujado por la curiosidad, toma del brazo a un hombre o mujer con pinta de lugareños y le pregunta a qué hace referencia aquel nombre, quizá esta persona solo atine a mirarlo con desconcierto mientras de sus labios se desprende un continuado mmmmm… el tiempo justo para dar con una respuesta; aunque luego de unos segundos deba reconocer su ignorancia y termine encogiéndose de hombros. De persistir el visitante en su curiosidad e ingresar al lugar aproximándose a uno de los expendedores de libros para hacerle la misma pregunta, lo más probable es que tampoco este sepa de quién se tomó aquella denominación. Y si lo sabe, menos se dará cuenta de que le está haciendo un mísero favor al creador de mundos tan fantásticos como los de Tolkien (tal cual fue la comparación que hicieron de Guido Fernández de Córdova quienes reseñaron su obra en el extranjero). Tampoco podrá decirle que cruzando la alameda, unas casas más arriba se levanta el último edificio que don Guido conseguía retener y perdió finalmente en un remate bancario, y en donde una noche su nieta María Alexandra lo encontró inerte.
Solía dar un paseo por la alameda y sentarse después en una de las banquetas de concreto para mirar la bóveda crepuscular que se dibujaba sobre el entramado de las palmeras, imaginado tal vez el confuso desorden de vías aéreas por donde viajaban los personajes de sus historias.
— ¿Sabes por qué me gusta salir a esta hora y venir a sentarme precisamente aquí?
El joven acompañante de sus paseos vespertinos de los últimos años, sonrió al escucharlo sin sospechar acaso que tiempo después habría de rememorar estas conversaciones.
— Porque el horario de oficina termina y este es el mejor lugar para contemplar la belleza de las jóvenes secretarias.
Es allí, en una de esas banquetas en que acostumbraban esperar la aparición de aquellas mujeres transfiguradas por el color de la tarde, sí, allí, en medio del vértigo producido por el blanquinegro de las losetas de esta alameda, cuando Willy conoció de don Guido la historia de su arribo a Tacna. Nació en La Paz el 6 de febrero de 1925 y ciertamente era peruano de nacimiento, pues lo inscribieron en la Embajada del Perú. Su padre llevaba algún tiempo en Bolivia ocupando un cargo importante en la sucursal del Banco Perú y Londres; estancia que le permitió conocer a quien se convertiría en su esposa. Posteriormente, el gobierno peruano promovería la repoblación de la Heroica Ciudad que acababa de tornar a suelo patrio. Decidieron aceptar la invitación y viajar cuanto antes. Durante el trayecto en tren, la mayor parte del equipaje había sido robada o se perdió en el camino. Por lo que la primera noche aquí, a la intemperie, envueltos con el aroma voluptuoso de los frutos del granado desbordándose en uno de los callejones tacneños hoy conocido como calle Arica, descubrieron que los gobiernos no siempre cumplen sus promesas.
Con los años, don Guido se volvió un importante empresario; de tanto dinero que tuvo, dijo una vez: “Ni aun los hijos de mis hijos podrían gastarlo todo”.  Sus inquietudes culturales lo incitaron a publicar la revista “Lámpara” y a sumarse al grupo de jóvenes escritores encabezados por Segundo Cancino, con quien asumiría la edición de “Killka”. Exploró en los senderos de las letras y de las artes plásticas con el mismo entusiasmo. Editó “Árbol de lluvia”, “Velero de vino”, “El ojo del girasol”, “Una onza de gongorismos”, “Cuentería”, “El fabuloso reino de Ancat”, entre tantos otros libros de su autoría. Congregó a intelectuales y artistas de la época (baste mencionar entre ellos, al poeta español José Agustín Goytisolo) en tertulias organizadas en una de sus casas ubicada en San Francisco 145.    
Un día, Guido Fernández de Córdova notó con sorpresa que su patrimonio decrecía vertiginosamente. Giros políticos hicieron que termine detrás de un escritorio, con una máquina de escribir, en medio de cajones que se apilaban en torres a sus costados en el sótano de una de las universidades que había ayudado a financiar en tiempos de bonanza. Sin embargo, su jovialidad no disminuyó, tampoco su capacidad de desprendimiento. Acostumbraba obsequiar paquetes de libros de su biblioteca personal a quienes asistían a los conversatorios que organizaba en esa fecha y bautizó como Martes UPT.   
“Una onza de gongorismos y otros pájaros” es el título del poemario con que ganó en el 2001, el Premio Copé de Bronce. Un año antes de su muerte, volvería a quedar entre los finalistas con “El ermitaño inasequible”. Curiosamente, en algún momento hubo quienes le dieron el calificativo de ermitaño, acaso gente demasiado acostumbrada a los tópicos. Pienso que si pudiera, a lo mejor nos daría el mismo argumento del guionista español Rafael Azcorna que defendiéndose de la acusación de misantropía, señalaba haber deseado siempre estar rodeado de muchas personas, y si el deseo no se había concretizado era solo porque no soportaba a los pesados. 
El último edificio donde vivía le fue arrebatado en una subasta. Con el saldo que le entregó el banco, compró una casa para su familia. He sabido de siempre que estuvo consagrado a sus seres queridos. Hace unas horas me reuní con Luis buscando hallar algunas respuestas. En su rostro, contemplo los rasgos del padre: tiene el mismo color de ojos, la forma de las cejas, el perfil de la nariz. No podría aventurarme a decir que don Guido realmente se ha marchado o de pronto solo decidió transmutarse en las formas de su hijo primogénito, del mismo modo como Lidis — personaje de uno de sus cuentos—  parece volcar en su gato toda la genial extrañeza que le daba vida y lo definía como un ser extraordinario. Luis detiene su mirada en algún punto distante. Evoca su caída de niño en un zócalo de las escaleras y el carácter sereno de su padre, su juego de inversión de letras… el último almuerzo familiar. Quizá, don Guido solo fingió su muerte cuando aquella noche luego de trabajar sus poemas en la computadora, sintió un repentino dolor en el pecho, caminó hasta el sofá recostándose en él, intentó marcar un número en su celular y resbaló al piso. Con cuidado, trémula, su nieta intentaría despertarlo luego.

Es cierto, hubo en Tacna un magnífico rey que lo perdió casi todo; menos su genio travieso, su galante coquetería, su calidez humana y sus verdaderos amigos.

jueves, 2 de marzo de 2017


Good bye, Claus

Por Gabriela Caballero Delgado



Claus Ranke se va. El hombre avanza por la estrecha calle y no puede oír el leve crujido de su puerta y sus ventanas, que se confunde con el ruido de motores encendidos y neumáticos deslizándose por la pista, o el pregón de los enganchadores cerca de la RENIEC ofertando fotos para el DNI. Al ingresar al lugar, las mesas y los muebles lucen vacíos; más tarde las conversaciones de la gente lo inundarán todo. Los pasos del hombre fueron quedando sobre las losetas del piso y el gran espejo horizontal que comunica ambos salones ha ido guardando su imagen europea tantas veces. Las paredes saben que la presencia de quien los contempla tras aquellos espejuelos no era permanente; y todo este tiempo, han estado preservando recuerdos de él entre sus porosidades. Aquí, el hombre, casi difuminándose por el halo del cigarrillo, se descubre a sí mismo habitando entre sus cosas. Ahora él y todo aquello que fue testigo de su vida en Tacna se preparan para la inminente despedida.     
Conocimos a Claus hace más de cuatro años. Fue cuando su figura quedó indefectiblemente unida al lugar donde iríamos reuniéndonos siempre que deseábamos conversar de libros, escuchar buena música, disfrutar de presentaciones teatrales, ver cine o contemplar exposiciones pictóricas. Lo vi por primera vez en el Divas. En aquel tiempo, nos hablaba de su historia y su doble nacionalidad. Así como de sus ganas de crear un espacio en que confluyeran todas las artes. Esa noche, nos advirtieron de no excedernos con el tiempo. Sin embargo, aquel extraño hombre de forma alargada, delgado, con espejuelos, barba y un cigarro entre los labios permaneció junto a nosotros. Uniéndose a nuestra conversación hasta descubrir sorprendidos la luz azulina del día filtrándose por los vidrios de aquella casona. Su compañía cordial debió sorprendernos a tal punto que de inmediato encontramos en él a un amigo. Y estuvimos a su lado en su nuevo proyecto, al cual bautizó como Café Zeit, “el café del tiempo”, impulsándonos a continuar con nuestra tribuna cultural.
Durante las “Noches de Bohemia” que Willy organizaba en estos ambientes, disfruté de las mejores conversaciones extraviándome por horas en la lectura de poemas y cuentos, o en los colores y las formas expuestas en  los cuadros que colgaban de las paredes. Desde una de aquellas mesas, contemplé la caracterización de Frida Kahlo en el teatro danza y, protegida por la penumbra, extendí mis manos sobre la actriz quien daba vida a su composición “La columna rota”, pretendiendo aliviarla de su agonía.  Me conmoví también con la música, tornándose el ritmo de mi corazón en un tamborileo alocado al compás con ella. Nos reencontramos con los amigos e hicimos nuevos. Y hoy somos tantos quienes nos descubrimos con historias comunes surgidas en este café donde coincidió la cultura en todas sus manifestaciones.
Aunque Claus no siempre haya hecho amigos, debido a su carácter confrontacional, muchos vamos a extrañarlo porque lo queremos. Él no es de las personas que te ofrece un vaso con agua al notar tu poca capacidad de gasto; él te brinda un café o un jugo, y de tanto insistir terminas aceptándole una bebida especial, una hamburguesa o un kuchen. En varios momentos me he sentido avergonzada por sus atenciones y hasta lo he imaginado cayendo en bancarrota por su extremada generosidad con los demás. Una vez, le sirvió café y galletas a un joven que recién asistía a uno de los eventos organizados por nuestro grupo. Aquel estudiante universitario huyó atemorizado pues no había hecho ningún pedido y tampoco tenía cómo pagarlo; nunca entendió que solo se trató de un gesto de amistad.
He desistido de pedirle a mi amigo que no se vaya, porque comprendo que su salud es lo primero. No volverá, lo sé. Y no consigo evitar sentirme triste; aunque él nos diga que todo seguirá como siempre pues se aseguró de hacer un traspaso con todo el concepto del café. Solo asiento la cabeza cuando me recomienda cuidar a Willy y repite que debemos ahorrar para visitarlo en Montreal. Allá nos estará esperando. Quizá sea cierto y entonces podamos reencontrarnos con él, con Rosa María, Sofía y Erika. No estoy segura de volver al café cuando ellos se marchen o si buscaremos otro espacio para nuestras actividades. Por lo pronto, contemplo aquellos ambientes que tan cotidianos se nos hicieron los últimos años, e intento imaginarlos sin Claus y su familia; pero no es posible. Se han impregnado para siempre en aquellas cosas. Tal vez, el día de su partida ya me haya acostumbrado y consiga despedirme de ellos sin derramar una sola lágrima.


Viernes 23 de marzo de 2012

lunes, 9 de enero de 2017

RECORDANDO A LA REVISTA SAPOS Y CULEBRAS.


Una breve crónica donde se recuerda la presentación de este pequeña e importante revista de literatura hecha por jóvenes tacneños a finales de la primera década de este nuevo milenio.


Tras Sapos y culebras en los vericuetos de la noche

 Por Gabriela Caballero Delgado


Anoche (jueves 14 de julio) fue la presentación del segundo número de la revista literaria Sapos y culebras en el café Zeit. Esta es una de las ocasiones en que uno desconoce el frío de invierno y se reúne con los amigos para ser testigos del trabajo colectivo de jóvenes amantes de la cultura y el arte. La revista consigue así, dar continuidad a una publicación cuyo nombre nació —para variar— en una noche de bohemia en Tacna. Y es que sapos y culebras es una frase que nos devuelve la imagen de la muchacha que llena de envidia quiso apropiarse del don de la buena hermana y terminó viendo horrorizada cómo salían de su boca una confusión de animalejos cada vez que hablaba.
En tanto aguardamos a que terminen de acomodar las luces y los micrófonos, y los presentadores van tomando asiento, yo pensaba en aquel cuento de hadas e iba recuperando a la niña que gustaba de este tipo de historias. Acodada sobre las páginas de aquellos libros. Deteniéndome en los dibujos que completaban el texto. Y ocultando profundamente mi piedad por la mala hermana quien quedaba condenada al silencio a fin de no espantar más a quienes la rodeaban. Cómo decirles entonces a mis compañeros de clase, a la profesora que nos guiaba, que la imagen del personaje, contrario a lo esperado, no dejaba en mí la satisfacción del castigo justo de sus maldades; solo una profunda tristeza que acaso ya entonces me enseñó también a guardar silencio tantas veces. Estoy segura que Willy, Renato y Carlos (impulsadores de la revista), no pensaban en este cuento aquella noche. Escuchamos atentos las palabras de Juan Torres Gárate que felicitan a quienes están en la publicación y los impulsa a continuar creando.  Me pregunto cuántos de los que estamos aquí, seguiremos intentándolo.

Sapos y culebras es utilizado ahora para referirnos a los llamados “taquitos”, palabras vulgares con las que aderezamos el habla cotidiana. Pienso que no es importante si las usamos en contadas ocasiones o en muchas, porque a pesar de significar un “mal habla”, lo interesante es que todos hemos hecho uso de ellas aunque sea alguna vez. Pero, entiendo que tampoco fue esa la razón por la que este nombre fue elegido para la revista. Algunos de los que ahora han publicado son invitados a leer sus trabajos. La revista reúne textos de Filomena Álvarez, Darwin Bedoya, Nadia Colque, Daniel Escobar, Jorge Espinoza, William González, Miler Huanca, Narayan Martino, Elio Mendoza, Jhon Ortega, Milagros Sosa. Unos con mayor oficio y experiencia en las letras que otros. Sin embargo, es importante resaltar la inquietud literaria de los muchachos que recién se animan a mostrar sus trabajos.  La venta de la revista se inicia. Los reflectores se apagan. Juntamos las mesas y los títulos de los libros recién leídos están en nuestros labios, sus historias prontas a incitar a nuevos lectores. La atmósfera a veces se llena de humo. Las risas que ya no se pueden contener. Cuando salimos del café con nuestras revistas bajo el brazo, las calles tienen un aspecto celeste. Somos sonámbulos. Sobrevivientes de la noche. A propósito, qué del nombre Sapos y culebras en la revista. Los sapos son quienes curiosean la vida, la propia o la de los demás. Espiando para que no les importe ser observados. Convirtiendo esta experiencia en literatura. Las culebras están allí para criticarlos siempre. No podrán librarse de ellas. Finalmente, este es un universo en el que sapos y culebras pueden convivir entremezclados. Creo que no existía un mejor título. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

OLVIDO QUE NUNCA LLEGAS DE ARTIDORO VELAPATIÑO


OLVIDO QUE NUNCA LLEGAS
Artidoro Velapatino
Cuadernos del Sur, 2011
68pp.



Artidoro Velapatiño Castilla (Ayacucho, 1947). Es profesor en matemáticas por la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle (La Cantuta). Magíster en Matemática por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue catedrático de la UNJBG de Tacna hasta 1995, año en que se jubila.
Actualmente es docente en el Instituto de Telecomunicaciones e Informática (ITEL).
Fue miembro destacado del Grupo Intelectual Primero de Mayo. Desde su llegada a Tacna se integró al movimiento literario, publicando en revistas y diarios tacneños. Y es, sin duda, una figura fundamental de la generación del 70. Asimismo, dirige hasta la actualidad el cine club Orson Welles, desarrollando diversos ciclos de proyección fílmica en la ciudad.
Codirigió las revistas La Cossa Nostra y Canto y Seña, y es parte del comité editorial de Parasito & Huésped. Ha publicado los poemarios A tiempo completo; De entre los muertos y Ajeno oficio; y las plaquetas  Comandante Che Guevara, presente; Al otro lado del camino.


Olvido que nunca llegas de Artidoro Velapatiño es el diálogo del yo poético con la soledad, la angustia, los amigos ausentes, la música, la tragedia colectiva y el pasado que persiste en el dolor. El libro se organiza en torno a dos poemas magistrales de gran intensidad emotiva y sensorial: “Ricardo” III y “Walpurgis Nacht”.
En “Ricardo III”, la música —eje conductor del poema— revela su poder significante constituyéndose en generadora de la capacidad evocativa del poeta, quien inicia la retrospección interna en busca de la reconquista de afectos y seres que poblaron su mundo anterior. “Walpurgis Nacht” es el canto épico de la tragedia y el dolor, síntesis extraordinaria y apasionante que transfigura la violencia vivida en los años 80' y 90', recreándola a manera de antiguas leyendas de horror. La noche —tiempo en que el segundo poema es narrado— sitúa al yo poético-espectador-víctima-lector en un escenario fantástico habitado por criaturas terribles, bebedores nocturnos de la sangre de los hombres: vampiros, lobos, arpías… El horror sobrepasará el ámbito estrictamente literario para revelarnos la naturaleza real de la tragedia que termina anulando al hombre.
Este poemario nos devuelve el mundo lírico del poeta. La musicalidad del lenguaje que se construye a sí mismo a través de la coexistencia de dos lenguas, versos cadenciosos de largo aliento, precisión de las descripciones, identidad del hombre con la naturaleza, dualidad de cosmovisiones, superposición biplánica de realidad y fantasía, juego de antítesis, destrucción del tiempo natural son algunos rasgos del estilo poético de Artidoro Velapatiño, quien recompensa nuestra larga espera con una poesía consolidada, maravillosa, llena de referentes concretos y profundamente lírica.





RICARDO III
(fragmento)

La noche
es la noche y no hay quietud
¿duerme acaso quien ama?

Ahora que nuevamente
mi tristeza se alarga en el tiempo como una batería en solo de Buddy Rich
y las brumas la ensombrecen en la nostálgica ternura
de las cuerdas de Kirwayo
ahora es cuando vienes a mí como brisa en la playa a la hora del crepúsculo
y es tu recuerdo rayito de luna que en la hojarasca te dibuja

SERRAT EN LA PENUMBRA:
     «¡AY MI AMOR!,
         SIN TI NO ENTIENDO EL DESPERTAR»

y tu ausencia es presencia cada vez más
que golpea y golpea como tambor de hojalata
enmudece la guitarra
y son los arpegios palomas que no vuelan nunca

    «¡AY MI AMOR!,
     SIN TI MI CAMA ES ANCHA»

afuera es la garúa y es el viento
tu recuerdo es sombra que va espantando el sueño
crece la noche y qué lejana el alba

      «¡AY MI AMOR!,
         QUE ME DESVELA LA VERDAD»

 afuera es la oscuridad
aquí entre las cenizas del fogón que se extingue
eres chispa que incendia mi quietud

    «ENTRE TÚ  Y YO LA SOLEDAD
      Y UN MANOJILLO DE ESCARCHA»




Walpurgis NachT

TRES

Es la noche no habrá más luna ni en mayo ni en octubre
cierra las puertas las ventanas cierra hora es de los cadáveres redivivos
que tu sangre nuestra sangre acechan y rondando están tu esquina
convocando está el Conde a sus lobos sus vampiros sus arpías
infestan de ratas cada rincón de tu casa
pon oídos sordos a cantos de sirena no sea que seas tú elegido
y mañana sólo seas recuerdo.

Afuera sopla el viento y aquí adentro quién sabe si esperamos
                     o desesperamos
noche de brujas noche de diablos de aparecidos o desaparecidos
                    quién lo duda
ayer la guitarra                       hoy rumor de balas
ayer el canto                          hoy gritos y susurros
ayer la siembra                        hoy pastos incendiados
ayer fugaz la alegría                  hoy la eterna angustia
ayer el sueño                          hoy la pesadilla
ayer la vida                           hoy la muerte por doquier
   tiempos otros de luz y de sombra y era la poesía
   hoy es la poesía tiempos sombríos y qué lejos el alba
                tierra mía qué te han hecho
                qué nos han hecho amada mía. 

Es la noche y no hay  ya consejas en la penumbra
sólo se aguardan historias terribles o utopías que iluminados
                                                                                                              [profetas anuncian
los más queridos entre los queridos
acaso no están más entre nosotros
y mañana seguiremos huellas que no serán ni rastro
juntaremos cadáveres con nuestros perros de guía.

Qué tiempos estos que sólo despojos cosechamos
que no hallamos sino lagos de Estigia o barcas de Caronte
sin ofrendas que ofrecer a nuestros viajeros
es la noche aúllan lobos y pronto llegarán sicarios
que no dejarán piedra sobre piedra
y harapientas viejas como ratas barrerán con lo que queda
o recogedores de carniceros que anuncian glorias inmarcesibles
con la guadaña de lanza y la palabra divina por escudo
te arrancarán los últimos frutos de tu simiente
o la vida misma en nombre del pueblo y de altos principios.

Es la noche tiemblan las ramas en el viento

y mañana sabremos qué fue de nosotros y de los otros.

jueves, 3 de septiembre de 2015

CLAUSTROS DE RENATO SALAS


CLAUSTROS
Renato Salas Gil
Cuadernos del Sur, 2010
155pp.

Renato Salas Gil (Tacna, 1983)
Egresado de la facultad de Ciencias de la Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura de la Universidad Nacional Jorge Basadre Grohmann.
Ha obtenido los primeros premios, versión de cuento, en los juegos florales de la Facultad de Educación de la UNJBG. Finalista de la Bienal de Arte “Víctor Humareda” (cuento), Lampa-Puno (2009).
Sus cuentos, poesía y artículos se encuentran publicados en revistas y diarios como Límite, Diario Correo de Tacna y La yegua colorá. Ha escrito y dirigido el cortometraje Día 30 (Tacna, 2008).
Actualmente dirige la revista de literatura Sapos y culebras.

Claustros de Renato Salas tiene un estilo narrativo directo, ágil, conmovedor, salvaje y vital. Una bitácora de viaje en la noche que nos revela un mundo juvenil poblado de personajes que lindan entre la soledad, el exceso del alcohol, el sexo y la búsqueda intensa de experiencias que los afirmen en su identidad. El narrador logra conexiones muy bien logradas entre las aventuras de sus personajes y el subconsciente.

El libro se caracteriza por sus variaciones sobre el tema del encierro físico o metafísico ya anunciado desde el título. Una colección de 12 cuentos que narran la historia de un hombre en caída vertiginosa entre el amor, el despecho y el asesinato. Una mujer convertida en mito erótico en el imaginario de una ciudad. El acoso de seres fantásticos que trastocan los sueños de un niño en pesadillas. El amor incestuoso entre dos hermanos y la urgencia de la escritura final. La multiplicidad de intentos de suicidio de un hombre que intenta recuperar el sentido de la muerte entremezclado al misterio, lo inexplicable y el absurdo. Estos y otros relatos conforman el primer universo literario con que este joven autor nos sorprende.


I N T E N T O S


Frente al espejo, el señor Vicente Acebedo jaló el gatillo del revólver que tenía en la sien dejando su oído derecho ahogado en un agudo pitillo por la detonación; para luego de ver la explosión del lóbulo izquierdo del cráneo, maravillarse por la perfección del festín de la sangre, el chisporroteo rojizo, libre, estampándose en las paredes y el piso; aunque temiendo absurdamente que por allí escapase el rostro de la pequeña Emy que lo había asaltado como último recuerdo. Finalmente, su cuerpo cayendo como en cámara lenta hasta que el alfombrado piso lo recibió en paz.

Se sintió relajado, sumido en una oscuridad que comprobó era por sus ojos cerrados, pues, al abrirlos, reconocieron la misma alfombra, las patas de los muebles primero y poco a poco lo demás, el interior de su biblioteca amoblada, los lienzos de tonos opacos, su enorme librero, el espejo de cuerpo entero inmaculado, sin rastros de sangre. Reconoció con el tacto la suavidad de la alfombra y el líquido rojizo deslizarse por su cara. Por un momento, estupefacto, creyó que esa vividez se debería a la extrañeza de la muerte, quién diría lo contrario, llevarse consigo a la eternidad la última escena podría ser el último resultado.

No hubo ninguna luz al final del túnel, ningún resumen de los mejores momentos de la vida; al contrario, tenía los pesares, las angustias, la desesperación, el fracaso y la terrible ciática que lo obligó a moverse con dificultad. Giró su cabeza, el techo de madera, la enorme araña dorada de ocho focos colgando. Con lentitud y cierto temor acercó su mano a la cabeza, sintió un pequeño dolor, casi como una jaqueca después de un día pesado. Palpó con sus dedos el costado derecho de su cráneo, justo en el lugar donde había apuntado el cañón, un agujero le perforaba la sien mientras que agitado confirmaba que el lado izquierdo se hallaba en iguales condiciones.

Se incorporó rápidamente y más le asustó esa agilidad que su aspecto frente al espejo, los cabellos empapados a los costados, la sangre que manaba en menor cantidad había dejado su camisa blanca, teñida. La cara sanguina y sobretodo sus manos tibias lo sumieron en una gran extrañeza.

Fue hasta el baño, en el lavabo vio la sangre mezclarse con el agua y perderse en el sumidero, se llevó una poca al rostro para enjuagarlo, se sacó la camisa y se sintió tentado a verse de perfil. Claramente, la bala había recorrido con perfección una línea recta que dejaba ver una vía libre de lado a lado de su cráneo. Quedó perplejo.

De vuelta en la biblioteca, sin dejar de tantear sus agujeros, miró la pistola en el piso, se percató que el agudo pitillo del oído había desaparecido y que por lo visto ni el viejo jardinero Elías había escuchado el disparo.

«¿Cómo es posible?», se preguntó, escuchando su propia voz como si fuera la primera vez. Se tumbó en el sillón, comprobó que la sangre ya no manaba y que los contornos de los agujeros estaban secos; por otra parte, la llegada de Patricia y Emy no era su preocupación, pues regresarían al mediodía. El tiempo pasaba en el reloj de péndulo, lo observó a la distancia; era elegante, sobrio, antiguo, digno de mirar con respeto. Fue hacia él y como era su costumbre se dejó llevar por el péndulo una y otra vez. Vicente Acebedo jamás quedó hipnotizado, pero era una cierta satisfacción relajante realizar el ejercicio con cierta continuidad, así que nuevamente se dejó llevar en aquella deriva infinita, imparable. Necesitaba pensar, o por lo menos, sentirse muerto, dejando las sensaciones comunes de su humanidad, como lo sentía en aquel instante, pues ahora debería pasar al momento de la ingravidez, el despeje espiritual que, imaginaba, sentiría luego del disparo.

Pero aún quedaban posibilidades.

El péndulo, a diferencia de otros momentos, no lo había relajado pero sí mareado. Se dirigió hasta el escritorio, cerró los ojos e intentó masajear sus sienes con los dedos; pero estos penetraron en su cráneo y con un rápido instinto los sacó confundido. De repente, un violento retumbar en su pecho, con ojos desorbitados, sintió su corazón mortal palpitando. Con una mano en el pecho, vislumbró un cutter entre los papeles, lo cogió y se dirigió al baño. Sin pensarlo, se metió a la tina, abrió la ducha y con la mano derecha cortó las venas de su muñeca izquierda en sentido vertical, una quemazón invadió aquella zona, el corte no era profundo; entonces, con el cutter en la mano izquierda cortó horizontalmente las venas de la muñeca derecha; la sangre manaba por los cortes y caían como hilos hasta el agua, una debilidad somnolienta lo fue decayendo. La tibieza del agua recibiéndolo le semejó los brazos de Patricia por las noches cuando el amor le ganaba.

El señor Vicente Acebedo tosió intensamente y expectoró gran cantidad de agua, se ahogaba, y aunque contraproducente, palmeó la superficie líquida; entonces, después de intentar sostenerse con los pies en el fondo de la tina teniendo como consecuencia resbalarse a cada momento, se apoyó en los contornos de la misma impulsándose hacia fuera hasta que dos punzadas sincronizadas en sus muñecas le hicieron perder el equilibrio rodando hasta el piso rociado.

Tumbado, tomó bocanadas de aire, alimentándose a mordiscos del ambiente. Otra vez estaban la tina, la ducha, el agua rojiza inundando el piso, sus manos confundidas. Se sostuvo en las piernas llegando a pararse, cerró la llave del agua. Una confusión enorme lo sacudió de pies a cabeza, sus manos temblorosas en su sien, además de darle una señal de plena angustia comprobaban los dos agujeros a los contornos y sus ojos no pudieron dejar de advertir las dos aberturas a modo de bocas que señalaban el lugar exacto donde se había cortado. Los nervios lo asaltaron, las venas no manaban sangre, dobló su muñeca izquierda, la abertura abriéndose en dos pliegues le advirtió la poca profundidad del primer corte hasta que un dolor punzante la contrajo. De pronto pensó en el tiempo, no habría pasado mucho, Patricia y Emy aún no llegarían, no lo encontrarían muerto, pero ¿si lo estaba?

Fue hasta el espejo del baño, su reflejo pálido podría justificarse por el stress, el abatimiento del continuo trabajo y la desesperación de conseguir dinero para la hipoteca. Se examinó el rostro, su cuerpo. Se quitó la ropa hasta quedar desnudo, ninguna marca desconocida ni distinción que lo calificaría como muerto, comprobó que podía seguir aparentando ser tan humano como cualquier otro que caminaba por la calle en ese momento. Claro, pensó, ¿qué estaba pasando en ese momento allá afuera?, ¿qué pasaba al otro lado de la puerta del baño?, ¿la había cerrado al entrar?, tenía la costumbre de hacerlo pero no la de suicidarse cada cierto tiempo; aunque en un solo día lo había intentado dos veces y aparentemente continuaba vivo. ¿Encontraría una habitación nebulosa?, ¿en tinieblas? ¿Podría haberse convertido ese baño en su pequeño mundo? Una sensación claustrofóbica lo empezó a desesperar. Armándose de valor, cogió la perilla y le dio vuelta; pero dudó, miró la ropa mojada en el piso y empezó a ponérsela, estaba fría.

Frente a la puerta, con un profundo suspiro giró la perilla, jaló despacio; el sonido de las bisagras y el crujido de la puerta lo obligaron a abrir de un solo tirón. Era su misma biblioteca, en las insanas condiciones como la había dejado.

Los rastros de sangre en el piso, el reloj péndulo dando las 11:50, el quieto silencio de la casa; aunque algo lejos de la calle, escuchaba las bocinas de buses dando la antesala de la hora punta congestionada.

Vicente Acebedo estaba decidido a enfrentarlo, «¿podría ser que continúe vivo?» Tenía que comprobarlo, la sangre estaba saturada, existían otras posibilidades, la cuerda de la cochera podría sentarle bien.

Salió decidido, sin parar a reparar algún defecto o movilidad extraña, llegó hasta la cochera, buscó la cuerda gruesa en el interior del automóvil, la colgó y ató en la viga, abrió una escalera portátil y con un nudo inteligente simuló una horca tradicional; ya hecha, la pasó por su cuello, tenía una buena distancia entre el piso para quedar suspendido en el aire. Sin pensarlo, el señor Vicente Acebedo dio un pequeño brinco, sintió la soga atenazando su garganta, comprimiendo su traquea, la asfixia, la caída no fue muy larga para ocasionarle una fractura en la vértebra, le fue imposible respirar, sus ojos se le empañaron, los sintió hervir, todo fue dándose borroso y sus músculos casi no los sentía, el temblor de su cuerpo iba disminuyendo hasta que todo se oscureció.

La caída contra el suelo fue brutal y su brazo fue lo primero que le dolió al extremo de lanzar un grito ahogado, tosió secamente con una continuidad tísica, se levantó y se apoyó en el carro. La garganta fue el segundo dolor, como una inflamación tremenda, adolorida por el simple pase de saliva cubierta por la piel del cuello que mostraba una hiriente marca rojiza que palpó con sus dedos y que al mínimo toque repercutió en un ardor doloroso.

Recuperó el aliento, su reflejo en el capó del carro era borroso e incongruente, rebobinó sus recuerdos mientras caminaba de su garaje a la biblioteca, el frío intenso le fue calando hasta los huesos, las muñecas adoloridas y una jaqueca terrible. Todo parecía normal, la cocina, el comedor, la sala estaban impecables, su misma biblioteca, aunque restregada por los avatares del suicidio, estaba igual.

La agitación continúa y con ella la aparición de un pequeño dolor palpitante en las zonas heridas, ¿era posible sentir?; pero recordó el mundo que no había visto desde temprano allá en las calles, sólo los sonidos descoordinados podían ser escuchados desde ahí, decidió subir a la azotea. Con decisión recorrió los tres pisos hasta llegar, el sol era tibio, invernal, la opaca neblina aún acechaba los cerros, las calles invadidas de autos y gente; era demasiada vida para ser verdad, demasiada cotidianeidad y vigor allí abajo, demasiados problemas que aún lo asediaban. El señor Vicente Acebedo gritó con todas sus fuerzas aun con el dolor en la garganta; arrodillado en el piso con el malestar en la cabeza, tirado, luego espantado por los cortes en sus muñecas. Tenía que buscar tranquilidad; entonces, tomó impulso y saltó de la azotea, no hubo más ruido que el fino aire en sus oídos, Acebedo recordó a Emy, a Patricia, la hipoteca, su casa de tres pisos ante sus ojos, pero ningún recuerdo nostálgico que lo hagan presa de un último arranque de vida pues, como un clavadista profesional, su cuerpo voló en el espacio hasta que su cabeza chocó contra el pavimento oscureciendo automáticamente su visión.

Abrió los ojos, se sintió liviano, sin dolor, sin fuerzas, dejándose llevar por los adormecimientos tan constantes en lo último del día, ¿del día?; pero además reconoció las botas del viejo jardinero Elías que con su voz pacífica le dijo:



     ¿Señor Acebedo? No se desespere, la ayuda viene en camino, es un verdadero milagro.