viernes, 21 de febrero de 2020

HISTORIAS DE ARENA


Historias de arena


Por Gabriela Caballero Delgado

Aunque no podíamos ver el mar, el rumor de las olas llegaba hasta nosotros. La gente paseaba en las calles, se divertía en los juegos o descansaba en alguno de los restaurantes cenando, bebiendo y conversando. Aquí estamos libres del bullicio de la ciudad. Aquí llegamos para devolver a la playa un libro que nació en sus arenas. 
Boca del Río es el lugar donde a los ocho años contemplé por primera vez el mar, quedándome sorprendida con la extensión inacabable del agua, el golpeteo de las olas reventándose entre las rocas, la brisa depositando su sal en mi piel y que yo saboreaba al pasar la lengua entre mis labios, el vuelo de las gaviotas en busca de peces y la agonía del sol hundiéndose en la línea líquida del horizonte. En aquellas playas, me aferraba a la arenilla del fondo y andando de manos con el resto del cuerpo a flote gritaba a mis hermanas que al fin había conseguido nadar. En las pozas en medio de los peñascos, descubrí mi frustración de no atrapar a los pececillos quienes diminutos y ágiles siempre se colaban entre mis dedos. Y permanecí sentada en la arena examinando aquel vientre marino desde donde todos vinimos a poblar el mundo. Por la noche, al regresar a casa, mi madre nos untaba cremas en la espalda y los hombros; y si bien podía reclamar por el maltrato del sol, no lo hice pues estaba tan feliz volviendo a sentir en mi piel el vaivén de las olas cada vez que recordaba mi experiencia en el mar.
Cuando Willy me comentó hace dos meses su intención de publicar un libro de cuentos —con las playas de Tacna como referente—  estaba convencida de que así sería. Tal vez no me haya cumplido algunas promesas; pero si de libros se trata, siempre hace lo que se propone. Entonces pensé en darle alguno de mis textos ya hechos, luego supe que no los aceptaría. Su intención era involucrarme en este proyecto con un cuento nuevo. Fue así como volvimos a Boca del Río. Allí, al reencontrarme con mis recuerdos, anduve pensando en una historia y la forma de contarla. Willy regresaba después de diecisiete años. Recogió conchitas y caracolas que aún ahora se conservan en la mesa junto a nuestros libros,  y me mostró la desembocadura del río mientras compartía conmigo sus experiencias de niño. Era inevitable emocionarse. La vastedad del mar nos ayuda a descubrirnos entre sus aguas tornasoladas, entendiendo nuestra propia historia y lo que podemos hacer.
La noche que presentamos el libro Historias de arena, un manto oscuro cubría las márgenes del camino y solo adivinaba los árboles de olivo en Magollo o La Yarada por las sombras que se extendían al paso de nuestro taxi. Pensaba que no llegaríamos a tiempo o lo que era peor, acaso terminaríamos despistándonos por la excesiva velocidad del auto. Mis temores se incrementaban al descubrir la luna como si se tratase de una atemorizante guadaña pendiendo del cielo y aproximándose a nosotros. Solo recuperé la calma al contacto con aquella brisa marina que nos recibió con una caricia en el rostro. Y al caminar en los ambientes de la municipalidad de Boca del Río sentí el crepitar de las conchitas fragmentándose a mis pies. El libro nos había convocado a este lugar: Alberto Paucar llegaba desde Inglaterra; Ivan Loyola y Omar Salomé, de Lima; Juan Torres Gárate y yo desde la ciudad de Tacna. Únicamente faltaron Willy Lizárraga, atrapado en Estados Unidos y Álex Gámez, perdido en Moquegua. Conversamos, leímos, intercambiamos mails prometiendo reencontrarnos nuevamente. Al final de la noche nos acercamos al mar y bajo la luz de las estrellas, contemplamos las olas humedeciendo la costa. Le comenté a Omar que nunca más vería los peñascos del mismo modo, su cuento me regalaba una nueva perspectiva de ellos.         
En el auto de vuelta a la ciudad, observaba las tres líneas intermitentes de luces en la carretera y por un momento se me antojó un sendero de estrellas y el auto ya no corría, volaba adentrándose en el cielo. Willy tuvo razón cuando se rehusó a cambiar el lugar de presentación de este libro. De nada valieron las súplicas de algunos amigos quienes argumentaban el horario del trabajo o la distancia. Historias de arena debía presentarse por primera vez en las playas de Boca del Río, porque ahí es donde pertenece.        

Tacna, 28 de febrero de 2012

lunes, 27 de agosto de 2018

POESÍA EN TACNA

POESÍA EN TACNA
Antología de la poesía tacneña (de finales del siglo XIX al 2016)
                     
El tiempo es inexorable y aunque este atributo —epíteto de un concepto todavía más abstracto— solo puede ser entendido a través del deterioro de las cosas o la llegada de la muerte imperativa, no significa forzosamente una desaparición. El tiempo y su inexorabilidad no asumen esta tarea; es el olvido quien lo hace. De allí la importancia de recorrer los distintos caminos en que se bifurca la historia de los hombres y recoger en ellos, las huellas que se han ido grabando. El reconocido poeta Segundo Cancino ha emprendido en Tacna un titánico viaje en las rutas de la poesía (“una de las formas más hermosas de vivir y mirar el mundo”). Explorando en las calles, los archivos, las bibliotecas, en el ciberespacio… para dar con estos textos líricos, cuya piel de mentira oculta tantas verdades, y descubrir algo más de los poetas y de la poesía tacneña. “Para sentirla y pensarla como se siente y se piensa todo lo que es vida y esperanza, porque es vida y esperanza en sí misma”. Este impulso vital, esta lucha por arrebatar del olvido la poesía y restituirle identidad, han motivado la aparición de la antología Poesía en Tacna, enmarcada entre 1880 y 2016.
Son nueve las etapas en que se divide el itinerario de este libro: La Bohemia Tacneña (1880-1929); la “Generación del Plebiscito” (1925-1926); intermedio generacional de 1929 hasta antes de 1950; la Generación del 50; la década del 60; la Generación del 70, desmitificada en algunas de sus características; los 80 y los 90; los 2000; y los años 2011-2016. Nueve etapas desde donde emergen cuarenta y dos poetas que, durante tres siglos, grafican el derrotero de la poesía en Tacna. 


Marco Nóbel Villegas

 Yo diré cuál es tu nombre


  C

Yo diré cuál es tu nombre, como cualquier otro
que sepa leer lo que está escrito
en la letra amorosa de las madres, en los palotes del pequeño.
Y diré cuál es tu nombre que está escrito
desde que la Cruz del Sur cojeó su brazo.
Y diré cuál es tu nombre…
¡TACNA HEROICA!
Tú pronunciaste el grito de Patria aún desconocido
cuando no habían cesado los dolores del parto,
con Zela, Ara y Paillardelle.
Y a tus hijos diste el maternal consejo de ser siempre,
de Patria, ciento, de Terruño, ciento; y de hombre,
la cantidad necesaria para escribir la historia,
con el orgullo de quien humildemente
hace lo que hay de bueno en lo patriota.
Habiendo descubierto tu ancestral esencia,
te nombraron Heroica por decreto;
aún estando tu nombre escrito en el Intiorko,
en el fondo de tu valle, en la neblina, en la vertebral piedra volcánica
y en los pechos de tus madres y en las rondas de tus niñas
y en el puño justiciero de tus mártires.

(De A Tacna sentida en lo absoluto) 

sábado, 16 de junio de 2018

El daguerrotipo de Dios


Iván Loyola
El daguerrotipo de Dios
2016
125pp


Iván Loyola Velarde (Lima, Perú 1961). Formado en ciencias y administración. Sus trabajos profesionales lo han llevado de los rincones más perdidos de los Andes a las callejas de Paris y de la ex-Yugoslavia y de los bosques amazónicos y coníferos de Alaska a embarcaciones de pesca en el Mar de Bering. De allí y de las lecturas de autores norteamericanos y caribeños se nutre su narrativa. 
Luego de 17 años en Canadá se afinca en el extremo sur de Chorrillos. Ha publicado un libro de cuentos En busca de Batanero y es autor de artículos relacionados a los vinos y a los recursos pesqueros, publicados en Perú, Canadá y Argentina. 
Ganador del COPE de Bronce 2010 y finalista del prestigioso premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional 2009.



El conflicto de un hombre sometido a los designios establecidos por una organización oscura, a la cual analiza y censura secretamente; por lo que se ve obligado al cumplimiento de una última misión. La declaración de una herencia que provoca el retorno de un académico a su país de origen y al desentrañamiento de las siniestras ofrendas exigidas por un tesoro inca. El rescate de un convicto en Ottawa a fin de librarlo del espectáculo de su rostro pintado para divertimento del público que visita la prisión. La historia del enamoramiento de un adolescente por la Venus de Willendorf, encarnada en una prostituta de formas hiperbólicas.  La supervivencia insólita de un náufrago en las frígidas aguas del mar de Bering y la sensación de congelamiento que lo acompañará sin treguas hasta el final de sus días. La búsqueda incesante por capturar la imagen de Dios en un daguerrotipo que testimonie científicamente su existencia. El secreto que guarda el hundimiento de una embarcación pesquera. La lucha al interior de una mafia nikkei en Lima. Son los ocho cuentos con que Iván Loyola organiza su segundo libro  El daguerrotipo de Dios—, confirmando así su notable habilidad de constructor de estructuras narrativas sólidas y manejo de un lenguaje de gran riqueza.
Cada una de las historias invita a la complicidad del lector en un tour sorprendente que desembocará al final del libro, en la alegoría de un mundo vertiginoso girando alrededor de su verdadero eje: el juego del poder en sus distintas versiones.

sábado, 9 de junio de 2018

Bagatelas tras el espejo de Celso Procopio









Segundo Cancino
Bagatelas tras el espejo de Celso Procopio (novela)
ISBN: 978-612-46305-2-1
Cuadernos del Sur, 2014.
151 pp.

Bagatelas tras el espejo de Celso Procopio ha sido concebido a la manera de un puzzle literario donde emerge no una, sino múltiples historias que se deslizan entre la evocación agridulce, el testimonio y el diálogo para arrojar luces sobre las sutilezas de la conciencia humana en su proceso de transformación. Con un estilo ágil, polifónico y poético, el autor transita libremente entre la narración y el psicoanálisis, la reflexión filosófica y la ironía, a fin de construir la imagen del protagonista —Celso Procopio— como un hombre fragmentado, contradictorio y ambiguo; insinuándose simultáneamente personajes e historias, venidos como ecos desde la literatura clásica y medieval.
Segundo Cancino experimenta con las posibilidades del género y convierte a este libro en una novela o en un conjunto de relatos que ejercen sobre el lector una poderosa atracción, un impulso a sumergirse entre espejos; y en cuyos límites queda flotando la disyuntiva de si todo es verdad o solo aparenta serlo.

domingo, 12 de marzo de 2017




El rey de Ancat

Por Gabriela Caballero Delgado

Alguna vez Tacna tuvo un rey: Aunque no se tratase ese reino precisamente de Tacna, sino de Ancat. Ni Guido Fernández de Córdova y Amézaga resultase ser su coronado monarca —como debió haber sido— sino Sadín, su alter ego o heterónimo. Digámoslo mejor así: Hubo en mi ciudad un rey que un día lo perdió casi todo.
Si algún visitante, al dar un paseo por la alameda Bolognesi, se topa en una de sus cuadras con una librería de esas que aquí abundan: las que han hecho de la piratería, un próspero negocio; puede que note en el letrero de una de ellas, el título: “Reino de Ancat”. Y si, empujado por la curiosidad, toma del brazo a un hombre o mujer con pinta de lugareños y le pregunta a qué hace referencia aquel nombre, quizá esta persona solo atine a mirarlo con desconcierto mientras de sus labios se desprende un continuado mmmmm… el tiempo justo para dar con una respuesta; aunque luego de unos segundos deba reconocer su ignorancia y termine encogiéndose de hombros. De persistir el visitante en su curiosidad e ingresar al lugar aproximándose a uno de los expendedores de libros para hacerle la misma pregunta, lo más probable es que tampoco este sepa de quién se tomó aquella denominación. Y si lo sabe, menos se dará cuenta de que le está haciendo un mísero favor al creador de mundos tan fantásticos como los de Tolkien (tal cual fue la comparación que hicieron de Guido Fernández de Córdova quienes reseñaron su obra en el extranjero). Tampoco podrá decirle que cruzando la alameda, unas casas más arriba se levanta el último edificio que don Guido conseguía retener y perdió finalmente en un remate bancario, y en donde una noche su nieta María Alexandra lo encontró inerte.
Solía dar un paseo por la alameda y sentarse después en una de las banquetas de concreto para mirar la bóveda crepuscular que se dibujaba sobre el entramado de las palmeras, imaginado tal vez el confuso desorden de vías aéreas por donde viajaban los personajes de sus historias.
— ¿Sabes por qué me gusta salir a esta hora y venir a sentarme precisamente aquí?
El joven acompañante de sus paseos vespertinos de los últimos años, sonrió al escucharlo sin sospechar acaso que tiempo después habría de rememorar estas conversaciones.
— Porque el horario de oficina termina y este es el mejor lugar para contemplar la belleza de las jóvenes secretarias.
Es allí, en una de esas banquetas en que acostumbraban esperar la aparición de aquellas mujeres transfiguradas por el color de la tarde, sí, allí, en medio del vértigo producido por el blanquinegro de las losetas de esta alameda, cuando Willy conoció de don Guido la historia de su arribo a Tacna. Nació en La Paz el 6 de febrero de 1925 y ciertamente era peruano de nacimiento, pues lo inscribieron en la Embajada del Perú. Su padre llevaba algún tiempo en Bolivia ocupando un cargo importante en la sucursal del Banco Perú y Londres; estancia que le permitió conocer a quien se convertiría en su esposa. Posteriormente, el gobierno peruano promovería la repoblación de la Heroica Ciudad que acababa de tornar a suelo patrio. Decidieron aceptar la invitación y viajar cuanto antes. Durante el trayecto en tren, la mayor parte del equipaje había sido robada o se perdió en el camino. Por lo que la primera noche aquí, a la intemperie, envueltos con el aroma voluptuoso de los frutos del granado desbordándose en uno de los callejones tacneños hoy conocido como calle Arica, descubrieron que los gobiernos no siempre cumplen sus promesas.
Con los años, don Guido se volvió un importante empresario; de tanto dinero que tuvo, dijo una vez: “Ni aun los hijos de mis hijos podrían gastarlo todo”.  Sus inquietudes culturales lo incitaron a publicar la revista “Lámpara” y a sumarse al grupo de jóvenes escritores encabezados por Segundo Cancino, con quien asumiría la edición de “Killka”. Exploró en los senderos de las letras y de las artes plásticas con el mismo entusiasmo. Editó Árbol de lluvia”, “Velero de vino”, “El ojo del girasol”, “Una onza de gongorismos”,Cuentería”, “El fabuloso reino de Ancat”, entre tantos otros libros de su autoría. Congregó a intelectuales y artistas de la época (baste mencionar entre ellos, al poeta español José Agustín Goytisolo) en tertulias organizadas en una de sus casas ubicada en San Francisco 145.    
Un día, Guido Fernández de Córdova notó con sorpresa que su patrimonio decrecía vertiginosamente. Giros políticos hicieron que termine detrás de un escritorio, con una máquina de escribir, en medio de cajones que se apilaban en torres a sus costados en el sótano de una de las universidades que había ayudado a financiar en tiempos de bonanza. Sin embargo, su jovialidad no disminuyó, tampoco su capacidad de desprendimiento. Acostumbraba obsequiar paquetes de libros de su biblioteca personal a quienes asistían a los conversatorios que organizaba en esa fecha y bautizó como Martes UPT.   
“Una onza de gongorismos y otros pájaros” es el título del poemario con que ganó en el 2001, el Premio Copé de Bronce. Un año antes de su muerte, volvería a quedar entre los finalistas con “El ermitaño inasequible”. Curiosamente, en algún momento hubo quienes le dieron el calificativo de ermitaño, acaso gente demasiado acostumbrada a los tópicos. Pienso que si pudiera, a lo mejor nos daría el mismo argumento del guionista español Rafael Azcorna que defendiéndose de la acusación de misantropía, señalaba haber deseado siempre estar rodeado de muchas personas, y si el deseo no se había concretizado era solo porque no soportaba a los pesados. 
El último edificio donde vivía le fue arrebatado en una subasta. Con el saldo que le entregó el banco, compró una casa para su familia. He sabido de siempre que estuvo consagrado a sus seres queridos. Hace unas horas me reuní con Luis buscando hallar algunas respuestas. En su rostro, contemplo los rasgos del padre: tiene el mismo color de ojos, la forma de las cejas, el perfil de la nariz. No podría aventurarme a decir que don Guido realmente se ha marchado o de pronto solo decidió transmutarse en las formas de su hijo primogénito, del mismo modo como Lidis — personaje de uno de sus cuentos—  parece volcar en su gato toda la genial extrañeza que le daba vida y lo definía como un ser extraordinario. Luis detiene su mirada en algún punto distante. Evoca su caída de niño en un zócalo de las escaleras y el carácter sereno de su padre, su juego de inversión de letras… el último almuerzo familiar. Quizá, don Guido solo fingió su muerte cuando aquella noche luego de trabajar sus poemas en la computadora, sintió un repentino dolor en el pecho, caminó hasta el sofá recostándose en él, intentó marcar un número en su celular y resbaló al piso. Con cuidado, trémula, su nieta intentaría despertarlo luego.

Es cierto, hubo en Tacna un magnífico rey que lo perdió casi todo; menos su genio travieso, su galante coquetería, su calidez humana y sus verdaderos amigos.

jueves, 2 de marzo de 2017


Good bye, Claus

Por Gabriela Caballero Delgado



Claus Ranke se va. El hombre avanza por la estrecha calle y no puede oír el leve crujido de su puerta y sus ventanas, que se confunde con el ruido de motores encendidos y neumáticos deslizándose por la pista, o el pregón de los enganchadores cerca de la RENIEC ofertando fotos para el DNI. Al ingresar al lugar, las mesas y los muebles lucen vacíos; más tarde las conversaciones de la gente lo inundarán todo. Los pasos del hombre fueron quedando sobre las losetas del piso y el gran espejo horizontal que comunica ambos salones ha ido guardando su imagen europea tantas veces. Las paredes saben que la presencia de quien los contempla tras aquellos espejuelos no era permanente; y todo este tiempo, han estado preservando recuerdos de él entre sus porosidades. Aquí, el hombre, casi difuminándose por el halo del cigarrillo, se descubre a sí mismo habitando entre sus cosas. Ahora él y todo aquello que fue testigo de su vida en Tacna se preparan para la inminente despedida.     
Conocimos a Claus hace más de cuatro años. Fue cuando su figura quedó indefectiblemente unida al lugar donde iríamos reuniéndonos siempre que deseábamos conversar de libros, escuchar buena música, disfrutar de presentaciones teatrales, ver cine o contemplar exposiciones pictóricas. Lo vi por primera vez en el Divas. En aquel tiempo, nos hablaba de su historia y su doble nacionalidad. Así como de sus ganas de crear un espacio en que confluyeran todas las artes. Esa noche, nos advirtieron de no excedernos con el tiempo. Sin embargo, aquel extraño hombre de forma alargada, delgado, con espejuelos, barba y un cigarro entre los labios permaneció junto a nosotros. Uniéndose a nuestra conversación hasta descubrir sorprendidos la luz azulina del día filtrándose por los vidrios de aquella casona. Su compañía cordial debió sorprendernos a tal punto que de inmediato encontramos en él a un amigo. Y estuvimos a su lado en su nuevo proyecto, al cual bautizó como Café Zeit, “el café del tiempo”, impulsándonos a continuar con nuestra tribuna cultural.
Durante las “Noches de Bohemia” que Willy organizaba en estos ambientes, disfruté de las mejores conversaciones extraviándome por horas en la lectura de poemas y cuentos, o en los colores y las formas expuestas en  los cuadros que colgaban de las paredes. Desde una de aquellas mesas, contemplé la caracterización de Frida Kahlo en el teatro danza y, protegida por la penumbra, extendí mis manos sobre la actriz quien daba vida a su composición “La columna rota”, pretendiendo aliviarla de su agonía.  Me conmoví también con la música, tornándose el ritmo de mi corazón en un tamborileo alocado al compás con ella. Nos reencontramos con los amigos e hicimos nuevos. Y hoy somos tantos quienes nos descubrimos con historias comunes surgidas en este café donde coincidió la cultura en todas sus manifestaciones.
Aunque Claus no siempre haya hecho amigos, debido a su carácter confrontacional, muchos vamos a extrañarlo porque lo queremos. Él no es de las personas que te ofrece un vaso con agua al notar tu poca capacidad de gasto; él te brinda un café o un jugo, y de tanto insistir terminas aceptándole una bebida especial, una hamburguesa o un kuchen. En varios momentos me he sentido avergonzada por sus atenciones y hasta lo he imaginado cayendo en bancarrota por su extremada generosidad con los demás. Una vez, le sirvió café y galletas a un joven que recién asistía a uno de los eventos organizados por nuestro grupo. Aquel estudiante universitario huyó atemorizado pues no había hecho ningún pedido y tampoco tenía cómo pagarlo; nunca entendió que solo se trató de un gesto de amistad.
He desistido de pedirle a mi amigo que no se vaya, porque comprendo que su salud es lo primero. No volverá, lo sé. Y no consigo evitar sentirme triste; aunque él nos diga que todo seguirá como siempre pues se aseguró de hacer un traspaso con todo el concepto del café. Solo asiento la cabeza cuando me recomienda cuidar a Willy y repite que debemos ahorrar para visitarlo en Montreal. Allá nos estará esperando. Quizá sea cierto y entonces podamos reencontrarnos con él, con Rosa María, Sofía y Erika. No estoy segura de volver al café cuando ellos se marchen o si buscaremos otro espacio para nuestras actividades. Por lo pronto, contemplo aquellos ambientes que tan cotidianos se nos hicieron los últimos años, e intento imaginarlos sin Claus y su familia; pero no es posible. Se han impregnado para siempre en aquellas cosas. Tal vez, el día de su partida ya me haya acostumbrado y consiga despedirme de ellos sin derramar una sola lágrima.


Viernes 23 de marzo de 2012