martes, 25 de agosto de 2015

La memoria afectiva en Estampas tacneñas Los años 30




La memoria afectiva en Estampas tacneñas Los años 30

Por Gabriela Caballero Delgado


El público se puso de pie mientras iban aplaudiendo rítmicamente. Sus voces se unieron a la de los actores y un solo coro que pregonaba la fraternidad fue extendiéndose por cada espacio del teatro municipal. Pero eso sucedería mucho después de que Luis Cavagnaro Orellana —autor y director de la revista musical Estampas tacneñas Los años 30— presentara la última estampa de la noche y apoyando un brazo sobre el piano, dijera: “la auténtica felicidad es la que se consigue a través del apoyo mutuo”. De eso se trataba todo, de un himno a la solidaridad. Luego ladearía la cabeza, perdiéndose su mirada más allá del público que lo observa. Entonces por unos segundos, solo unos segundos, Luis Cavagnaro ya no estaría allí; se fue remontando a escenarios distintos y  otras imágenes acudieron veloces a su mente en tanto repetía para alguien, para sí mismo, para todos: “la indiferencia… la indiferencia…”.
Estampas tacneñas Los años 30 es una invitación a la nostalgia. Dividida en tres estampas: “En la vieja recova”, “Una kermesse” y “En la Boca del río”.  
—Hay cosas tiernas, hay cosas cómicas, hay cosas reflexivas.
Iluminado, de mirada y palabras cargadas de ternura, evadiéndose a veces hacia su propio mundo, dirigiéndose a los asistentes, reclinándose en el piano cuya música acompañará después cada escena: será así como Lucho Cavagnaro presentará cada estampa, contextualizando las escenas que se desarrollan dentro. Contará de cuando era niño y acompañaba a sus tías Milita y  Catalina. Hablará del tiempo de la ocupación chilena. Cuando los jóvenes que alcanzaban los dieciocho años debían abandonar Tacna para no servir en el ejército de un país que no era el suyo. Cuando agraciadas señoritas tacneñas optaban por la soltería antes de casarse con cualquier oficial del ejército invasor, o acudían al andén del tren aguardando el regreso de los amados... Y será así como cada persona verá los paisajes que poblaron la infancia de este creador y escucharán la historia de sus personajes, reconociendo en ellos sus propias historias. Así será.
“¿Cuál es el corazón de un pueblo?”, pregunta Cavagnaro. “Sus mercados”, se responde. La Recova era un antiguo mercado situado en la avenida Bolognesi, un incendio y la modernidad quisieron que se derrumbaran sus piedras de cantería y se levanten muros de cemento. Ese será el escenario de la primera estampa donde se comenta el alza de los precios y las noticias del periódico local, donde dos vendedores ofrecen piedra de lagarto y cebo de culebra, respectivamente; donde una simpática criada observa con asombro tanto alboroto.
—La gente creía que los lagartos tenían una piedra en la boca; la cual retiraban y colocaban a su costado cada vez que iban a beber en alguna fuente. Era entonces cuando alguien, que había estado observando oculto, aprovechaba la distracción del lagarto, salía, lo empujaba y tomaba la piedra echándose a correr. Aquellas piedras verdes se vendían y la gente las compraba creyendo que con ellas mejorarían su suerte en el amor. Y el cebo de culebra era la panacea: lo curaba todo.
Son dos las escenas profundamente emotivas en esta primera estampa: “Tango de la viejita” y “Tierna elegía para una artista”, con las cuales el autor brinda homenaje a dos mujeres que dejaron profunda huella en su pasado. La viejita había sido en su juventud una orgullosa y adinerada muchacha de origen irlandés, pretendida por los mejores hombres de Tacna; sin embargo, ella no los consideraba a su altura, por lo tanto se negaba a aceptar aquellas propuestas de matrimonio. El tiempo pasó y un día descubrió que estaba sola, había envejecido y la crisis iba dejándola en la miseria. Fue cuando decidió rematar sus muebles, sus vestidos, sus joyas...
—Malbarateó todo lo que tenía, conservó únicamente su cama; pero era muy altiva, nunca aceptó ninguna caridad, ni aun la que venía disfrazada de amistad. Yo me negaba a pasar frente a su casa, no porque sintiera miedo; sino porque me dolía su tragedia. Murió de inanición.
La otra dama era Leontina Laura Marín; sus mariposas en el cabello parecían anticipar algún personaje de las obras de García Márquez. Fue discípula del pintor Alberto Zeballos. Tocaba el piano, cantaba. Mientras una pareja baila delicadamente al fondo del escenario, la voz de Cecibel Castrejón va perfilando a la antigua dama: “Una mariposa prendida en tu pelo / jugaba una niña en tu corazón / fue tu pasar danza que adornó el camino / altivez de reina, voz de ruiseñor.”.
—Ni el bolero, ni el rock, ni el mambo han tenido tanta efervescencia como el charlestón —había dicho el autor al presentar la segunda estampa. Y como no podía dejar a un lado el piano que tocaba animadamente para subir al escenario con los bailarines, se conformó con mirarlos danzar desde abajo, alegre y ansioso como un niño, dando brincos en la banca, haciendo bailar sus dedos sobre las teclas. Ya meneando la cabeza y los hombros de un lado a otro; ya cantando a viva voz con los actores y coros. Así fue como bajó el telón y se acabó la segunda estampa.
En 1963, el asfaltado de la carretera que va de la ciudad al litoral tacneño, se constituyó en un punto de quiebre que dividió en dos la vida de los veraneantes. Antes había sido para ellos un tiempo de dicha. El trabajo colectivo en la construcción de los ranchos con totora y caña, los juegos compartidos, la práctica permanente de la solidaridad los hacía parte de un grupo humano fraterno. Después vendría el cemento y con él, la competencia insana y el afán de ostentación, el individualismo y la desconfianza.
—Yo he tomado esta tercera estampa como una metáfora de hermandad, para valorar el espíritu que se vivía en la playa, donde no había ni ricos ni pobres. La playa era eso: solidaridad.
Finalmente, había que dejarse encantar con el juego de chicos y chicas en las playas de Boca del Río, con el ejercicio humorístico de los forzudos y el canto que pregona la verdadera felicidad. Debía cerrarse el círculo para comprender el sentido de esta revista musical, declarada Patrimonio Cultural de Tacna: la rememoración de un pasado solidario que pertenece a todos. Y quizá el mensaje haya sido asumido completamente; de allí que levantándose de sus asientos, el público aplaudía, cantaba y luego estrechaba la mano de los actores, recordando que el saludo es la forma más elemental de humanidad. Afuera, la niebla iba dejando caer su manto helado sobre la ciudad. Los hombres para defenderse de ella al salir del teatro, deberán aferrarse a la memoria afectiva de este cálido espectáculo que Luis Cavagnaro Orellana y su grupo han ofrecido, gratuitamente, por el aniversario de Tacna. 
      

Tacna, 17 de agosto de 2013

domingo, 16 de agosto de 2015

LOS RELOJES DE ADELA DE GABRIELA CABALLERO


LOS RELOJES DE ADELA
Gabriela Caballero Delgado
Cuadernos del Sur, 2009
100pp.


Gabriela Caballero Delgado (Cusco, 1977). Radica en Tacna hace casi 30 años. Ha egresado de la Facultad de Educación en la Especialidad de Lengua y Literatura de la Universidad Jorge Basadre Grohmann de Tacna.
Sus crónicas y artículos han sido publicados en distintas revistas impresas y electrónicas (Utopía, Límite, Gaceta del INC-Tacna, Diario Correo, Pez de oro, Cometa de papel, La yegua Colorá, Alto de la Luna, El Pueblo, etc.) Coordinadora de la revista de literatura Utopía. Jefa de redacción de La yegua colorá, Asesora literaria de la editorial Cuadernos del Sur.
Fue finalista en la XIV Bienal de Cuento Premio Copé 2006 y; ha ganado el primer premio del I Concurso Nacional de Cuento de ELECTROPUNO 2006.
Sus cuentos han sido publicados en distintas antologías y colecciones.  Fue incluida en El cuento peruano 2001 - 2010 de Ricardo González Vigil.



Los relojes de Adela, ópera prima de Gabriela Caballero Delgado, es una colección de diez cuentos con que damos inicio a la publicación de su obra de ficción.
La llegada de un profesor que, enfrentando a los personajes, inexplicablemente construye una escuela en un pueblo sin niños. El conflicto de un hombre que se descubre sin memoria y preso en una habitación extraña. La angustia de un joven, sufriendo el acoso y la presencia inquietante de tres hombres. La prolongada espera de una mujer aguardando el retorno de quien literalmente le ha dejado en prenda su corazón. Un grupo de muchachos enamorados de una joven que está muriendo, decididos a protegerla de la inminente venida de los otros. Un anciano que olvida un suceso importante. Una historia de amor que trastorna la racionalidad de una mujer. La llegada periódica de fotografías que exhiben la lenta agonía de una niña. El homicidio de una bella mujer en la playa. Y la historia de Adela y sus innumerables relojes incapaces de señalar la hora. Cuentos entretejidos en torno a la soledad, el intimismo, la incomunicación, los celos y el amor; bajo la perspectiva de lo fantástico. Son algunas características de un estilo literario que convierten a Gabriela Caballero Delgado en una valiosa narradora.

“[...] Tiene una gran habilidad para explorar los mundos interiores de sus personajes y para ser todos ellos y ninguno... El lenguaje es por otra parte límpido y muy plástico [...]”

Eduardo González Viaña


Los relojes de Adela


A
l despertar Adela y contemplar la luz filtrándose por los intersticios de su puerta, vuelve a sorprenderse de continuar viva. Palpa sus hombros, su vientre y sus caderas buscando convencerse de una inmaterialidad forzosa. Habría deseado en ese momento no despertar, no percibir el malestar de su cuerpo extremadamente envejecido y no volver a sentirse confundida y engañada con cada siguiente día. Resultó un error creer que esta vez pudo conjurar a la muerte para que viniera por ella, se acostara en su cama y se sumergiese en su cuerpo. Se niega entonces a levantarse. A vestirse con el camisón de diario. A barrer tantas veces su patio hasta la altura del camino y luego poner la tetera en el fogón preparándose el desayuno de las mañanas. Y no por temor a confundir la noche con el día, cuando supuso que la pereza se había apoderado de todos los vecinos que aún no se levantaban y luego se quedó contemplando el cielo, extrañamente iluminado por una luna gigante, sintiendo un atontamiento jamás contado a nadie. No era el temor a esta inversión de tiempos lo que la hacía aferrarse a la cama, sino la seguridad de estar siendo castigada por algún pecado cometido en vidas anteriores. Respira profundo y llora apretándose a la almohada hasta volver a sentirse tranquila. Entreabre los ojos, tratando de adivinar ahora si en verdad amanece o es sólo la noche prolongándose. En la penumbra de su cuarto se superponen las numerosas formas de relojes extendiéndose por todos lados. Relojes en cada rincón y espacio de las paredes cuadriculadas. Relojes sobre los cajones de ropa. Relojes en la cómoda junto al candil.  En el adoratorio, entre las imágenes de santos y velas misioneras. Relojes bajo la cama, junto a su almohada. En la cocina, metidos en las ollas,  sobre las mesas, en las bancas y en las sillas. Relojes creciendo apilados tras la puerta. Relojes colgando en la parra del patio como racimos de horarios. Floreciendo en las macetas. Delicados, multicolores, redondos, cuadriculados, diminutos o gigantes; con formas de balones, mariposas, gatos, campanas, zapatos, torres, niños abrazándose. Relojes acaso con cientos de formas que incluso ella no conoce pero absoluta y totalmente inútiles. Ninguno de ellos podía decirle a Adela si en verdad amanecía.
Nadie se resistió nunca a comprarle un reloj a Adela y obsequiárselo para verle su carita llena de arrugas que se agolpaban y contorsionaban en formas graciosas cuando ella sonreía al descubrir el reloj y le buscaba un nuevo lugar entre las paltas o chirimoyas.  Cómo habrían de saber si Adela odiaba los relojes. Si detestaba sentir su presencia en cada paquete delicadamente envuelto en papel de regalo y cintas de agua. Si sospechaba sus pulsaciones de horario. Si los maldecía en secreto al verlos descomponerse en sus manos y detener el movimiento de sus agujas cuando ella desgarraba el papel, abría la caja y los tomaba por primera vez. Adela odiaba los relojes desde siempre.
Su casa era un lugar lleno de curiosidades para los niños del pueblo. Todos ellos venían a verla después del colegio, cuando antes de llegar a sus hogares se desviaban del camino, tocaban su puerta y la llamaban abuela. Les agradaba tanto contemplarla caminar graciosamente, levantando los pies y retorciendo su cuerpo para evitar pisar los relojes empolvándose en el piso y mostrarles luego los recién obsequiados o recorrer ellos mismos la casa y elegir a los que más les atraían. Tomarlos entre sus manos. Examinar sus colores y formas. Llevarlos junto a sus orejas y oír aquel suave tic-tac desprendiéndose de todos aquellos relojes  y     desaparecer en cuanto volvían a dejarlos en sus sitios. Ignorando que mientras Adela acaricia sus cabellos, no puede dejar de sentir rabia por todos ellos. Los niños estaban creciendo y ella sospechaba que también le obsequiarían nuevos y extraños relojes.
Hace tanto renunció a preguntarse el porqué los relojes se descomponían apenas les aproximaba sus dedos. Siempre pensó si un día sería capaz de deshacerse de todos ellos. Apilarlos en el centro del camino y encender una gran hoguera. Entonces los vería arder y consumirse en una forma única mientras ella danzaría alrededor del fuego. Despreciaba todos aquellos relojes que la hacían más consciente de su existencia diaria. Por eso debía condenarlos al fuego y tal vez terminar arrojándose también para fundirse sin penas ni arrepentimientos. Sólo salvaría a uno de ellos, aquel que no le pertenecía porque era de sus padres y hace cientos de años marcó el momento exacto de su nacimiento, deteniendo el movimiento de sus agujas cuando Adela brotaba de entre las piernas de su madre. Aquel reloj ocupaba un lugar escogido en su cama retornándole recuerdos de una infancia remota y casi irreal. Los otros podrían perderse en el fuego con ella. Pero luego imagina que todo seguirá igual. Los relojes no se fundirían. Aún ahora están apropiándose de su casa. Perpetuando sus propias vidas sin movimientos ni tictac. Negándose a perderse o extinguirse. Intactos e indiferentes al polvo que no los herrumbra. 
Adela sabe que en verdad está amaneciendo. Puede escuchar desde su cama el susurro de voces vecinas en sus casas, el roce repetido de cuerpos entre sábanas de madrugada. Dentro de poco también oirá las olas de hojas secas y basura arrastradas por las escobas, reunidas en montoncitos humeantes a lo largo del camino. Advertirá el crepitar de la leña en los fogones, el bullir del agua hirviendo en las teteras y los pasos de la gente encaminándose con mantas y segaderas a sus chacras por la alfalfa de los animales. Adela contempla todos sus relojes intentando descifrarlos. Su cuerpo está envejeciendo. Y aunque pretende lastimarse, las heridas siempre se le cierran. Ahoga un grito desesperado convencida de una inusual existencia y de que el día de su nacimiento, alguien deliberadamente ha olvidado marcarle la hora de su muerte.
Tacna, 2004

viernes, 14 de agosto de 2015



Momposina (cuentos)
Juan Torres Gárate
Cuadernos del Sur / Gobierno Regional de Tacna, 2007
202 pp.
Edición agotada


En la contratapa:

“...el lenguaje exuberante y fluido, la ironía y las técnicas depuradas que ha empleado hacen de estos cuentos una lectura no solo placentera sino también liberadora de muchos prejuicios y lugares comunes...; permiten “reflexionar y sopesar” muchos aspectos de la problemática humana: niñez, adultez, ancianidad, bastardía, egoísmo, amor, odio, etc. Son cuentos que, para utilizar las palabras de Harold Bloom, nos devuelven la “otredad” que en muchos casos es la de uno mismo..., afianzan nuestro nivel ético en cuanto a aprobar o desaprobar, amar u odiar ciertos hechos, ciertas acciones. La lectura de estos cuentos, a no dudarlo, nos permiten ampliar nuestro mundo, vivir hechos y circunstancias, aunque sea mientras dure su lectura, en un tiempo perfecto: el de Pacheco Céspedes... Por lo demás, la ironía es uno de los aspectos más importantes de la narrativa del autor. En este sentido, leemos literatura no solo para buscar  el autoperfeccionamiento, proyecto de por sí considerable, o para encender la vela del amor a la humanidad, sino —como también dice Bloom— para buscar una mente más original que la nuestra..., la ironía muestra el poder cognoscitivo y el talento del escritor, funciona como un poderoso antiséptico: limpia la mente de la rigidez de las ideologías que pretenden encasillar la cambiante y multiforme realidad  como pretende la corriente sanguínea en el coágulo arterioesclerótico”.
Saúl Domínguez Agüero


“Un bello libro de cuentos. Libro de exquisita y desconcertante diversidad temática en el que, definitivamente, el autor libera su pluma rompiendo el silencio del barrio, donde vive y procrea la palabra, en busca del genio creador de los relatos más inverosímiles que nos atrapan  con el deleite incontrolable de leerlos, sin detenernos, de un solo tirón..., y aún después pareciera que siguiéramos escuchando un leve rumor que nos conmociona y se apodera de nuestro pensamiento: una imagen, un suceso..., hasta la candorosa malicia o la ironía, que el autor domina con suma habilidad, para mantener en suspenso y deleitar al lector”.

Guillermo Quintanilla



Les dejamos un cuento del libro:


S ó l o   e n t o n c e s


A
noche, Alexandra, mientras te esperaba bajo los castaños del jardín, mientras escribía tu nombre en el respaldo de la banca donde me congelo, mientras las cuadrillas de servicio barren y levantan hojas, miles de marchitas hojas que se desgajan de los altos árboles, anoche, vino a mi memoria la tarde de aquel verano cuando nos conocimos. Entonces acababa de fugarme de la casa de mi suegra y de las garras de mi tercera mujer. La tercera vez, Alexandra, que dejaba todo por temor a que mi vida se convirtiera en una rutina bajo la férula de la misma oscura tirana que, ahora, no conforme con celarme hasta el cansancio, me había echado encima a la jauría de sus hermanos que me dejaron dos costillas rotas y el brazo izquierdo en cabestrillo; venía saliendo, Alexandra, de esa pesadilla y es por eso que recuerdo con extraordinaria nitidez la tarde cuando me encontré con tu mirada infantil y tu sonrisa de nardo. Estabas esperándome en Secretaría para una consulta, y fue esa tarde (al verte con tu mochila de osito panda aferrado a tus hombros estrechos, tus bluyines desgastados y tus zapatillas Nike, un cuaderno entre tus manos, y la gracia de espiga al levantarte para estrecharme la mano) que la vejez se me vino de golpe al rostro, que seguramente se surcó de arrugas contenidas hasta ese momento por mi insensata vanidad, por la costumbre de mirarme en el espejo sin remordimientos, aferrándome al ayer; pero también al cuerpo, Alexandra, que se me curvó como si de pronto el techo me hubiera caído encima, porque lo sentí como una rémora, un lastre, una mole difícil de empujar al extremo que en ese mismo instante sentí unos deseos enormes de renguear. Y no te miento que, cuando me dijiste «Qué tal, mucho gusto», con esa voz que todavía me perturba porque sonaba a cristales, a la suave música que produce el paso del aire entre los pétalos de las azucenas, no te miento, Alexandra, que yo casi te digo, con voz grave y cavernosa, «Matusalén, para mí es el gusto», pero me salió un gallo y tú te mataste de la risa.
Y ahora que te veo salir de la universidad rodeada de jóvenes de tu edad, ahora que tienes que dejarlos para  venir molesta bajo la lluvia, que acaricia tu rostro y abraza tu cuerpo, hasta el parque donde te espero; ahora que te demoras y ya no vienes con la prestancia de antes, porque seguramente entre risas y besos quisieras dilatar el tiempo para estar cada vez menos entre mis brazos, siento nostalgia y pena al recordar los dos primeros años que vivimos enamorados y luego la forma, lenta pero inexorable, como se fue deteriorando nuestro amor por todas esas cosas que, ambos, pero sobre todo yo, intuí desde el principio, pero sobre todo por la edad (recuerdo que la primera vez que hicimos el amor estaban tocando «Cuarenta y veinte», entonces reímos juntos mientras nos comíamos a besos; antes me habías dicho «No me importa tu edad, con tal de que seas menor que mi padre», y, Alexandra, créeme, tú no tenías veinte sino dieciséis, y yo cincuenta, el pelmazo de José José se quedaba corto, y fue la primera vez que me bajé la edad para no ser mayor que tu padre); pero entonces me amabas, en cambio ahora..., no hace mucho me dijiste que te jodía que nos vieran entrar juntos al hotel, que te habían dicho que te habían visto con tu abuelito y esas cosas, y en tus ojos una dosis de veneno que me sobrecogió.
Sin embargo, ahora que te veo rodeada de jóvenes, cruza por mi mente el recuerdo de que yo también alguna vez fui joven como tú, y, de pronto, tengo trece años y estamos en la secundaria, en el patio del colegio, en torno a la cancha de básquet, todos en uniforme de física escuchando la charla del profesor y contemplando absolutamente absortos las piernas de Tito, el bonito, el pituquito de la clase, que tenía unas piernas, Alexandra, rosaditas, rellenitas, que nos tenían a todos con el alma en vilo porque nos moríamos por tocárselas, besárselas, pero nos conteníamos porque éramos hombres o estábamos en camino de serlo, y eso, no te miento, no impidió que uno de mis compañeros, el más triste y flaco de la clase, desarbolado, famélico y tísico tuviera que pedir su traslado para no morirse de pena y de vergüenza porque estaba enamorado de Tito y porque, más de una vez, el auxiliar lo había encontrado en el baño masturbándose con la foto de Tito entre las piernas, y nosotros lo habíamos visto perderse por entre los árboles del bosque al final del colegio, perdiéndose siempre entre la bruma y el rostro estragado por el llanto, pensando seguramente en Tito, su amor imposible, y en sus piernas, como ahora yo que sufro cada vez que retiras mis manos de las tuyas: «Mira que jodes, acabo de depilármelas y tú que dale como si no te bastara con vérmelas», y yo que aparto mis manos y extraño los primeros años cuando dejabas que te contemplara absolutamente desnuda, parada sobre la cama y yo tirado en el suelo, mirándote desde abajo con una pasión desenfrenada y luego tú gritándome «Ya, basta, ahora tócame, bésame, hazme lo que quieras», y luego yo que era fuego y me deshacía adorando tu cuerpo que se deshacía también como arcilla entre mis manos, y mi compañero yéndose entre llantos por los confines del bosque hasta donde lo seguía para exigirle una explicación, como anoche pretendí exigírtela también a ti, que demorabas en despedirte de tus compañeros mientras yo me congelaba bajo los castaños del jardín, las cuadrillas de muchachos terminaban de recoger las hojas caídas, y la bruma que empezaba a borrar la figura de fantoche del más triste y solitario del salón cuando se perdía entre los árboles y sólo se escuchaba el ruido de sus pasos sobre la hojarasca como un susurro, como un quejido que se ahoga congelándose en el frío de junio, yendo a sentarse en el brocal del estanque donde jugaba con el agua, mientras me miraba con una pena tan honda en las pupilas como no he visto en la mirada de otro hombre, miraba sus ojos, Alexandra, como ahora también miro los tuyos tratando de indagar el motivo de tus devaneos, de tus veleidades, de los artilugios de tus pretextos, de tus infantiles pretextos para demorarte siempre más y tenerme aquí esperando como esperaba que sus ojos me dijeran algo, tratando de adivinar esos mensajes cifrados que provenían de su tristísima mirada, pero era imposible porque luego su mirada se perdía entre la espesura del bosque como se pierde la tuya a través de los cristales de la ventana de cualquier hotel adonde te llevo -ahora casi a rastras- y ya no me conversas ni me escuchas como antes cuando luego de hacer el amor, saturados de humo y alcohol, yo recordaba mi vida en voz alta y tú te acurrucabas estrechándome con fuerza cada vez que te dolía mi infancia desvalida, mi adolescencia y juventud maltrechas y eras la terapeuta perfecta cuando ya ebrio dejaba rodar unas cuantas lágrimas que luego tu sorbías solidaria dándome la oportunidad de resarcirme de la vida, de mi vida, ofreciéndome nuevamente tu cuerpo como el antídoto perfecto para que lo tomara de las mil formas como te enseñé a hacerlo, llorando yo con una rabia inmensa, gritando tú de placer, la belleza absoluta instalada en tu rostro donde me fue siempre difícil distinguir la linde exacta entre el placer y el dolor,  el arrobamiento místico y el paroxismo erótico, hasta que agotados vencíamos la tristeza, suplíamos la agonía con tu sonrisa de ángel y tus caricias de madre. Mi cuerpo viejo te entendía y se saciaba, y por eso me duele.
Me duele ahora que precisamente recuerdo que te empiezo a contar como antes y tú te haces a un lado haciéndome mohínes que ni siquiera afean tu rostro y me dices como si nada que me parezco a tu abuelita con la misma cantinela de siempre, que eso ya te lo he contado mil veces y que te aburro hasta el cansancio. Y te atreves a decirme, mientras vacías las últimas gotas de licor, «¿Otra vez, con la misma estupidez?» Supongo que tu abuelita ahora también te jode pero no me atrevo a preguntarte porque estoy herido, entonces prefiero disimular, no en vano pasan los años que lo hacen a uno más paciente, más cauto, menos agresivo; pero es también en esos momentos que los celos me corroen. A mi edad, Alexandra, ¿te imaginas? Un hombre casi viejo víctima de esa enfermedad del alma que te envuelve con su aura de nostalgia, de rabia, impotencia y ansiedad; que te paraliza la razón, te estupidiza el sentido común llevándote por  senderos inéditos de locura, como lo llevó a él el día que Tito me dio un beso en la mejilla cuando descubrió una flor de retama entre las páginas de su cuaderno y creyó que era yo quien se la había regalado, y él que me miró con odio y salió de clase dando un portazo, esperándome luego en el patio para tomarme por el cuello arrinconándome contra la pared, diciéndome miles de sandeces y exigiéndome una pronta aclaración, y yo, una y mil veces, jurándole que nada tenía que ver, que estaba tan sorprendido como él y deseoso más bien de aclarar las cosas, y él «Mejor no», cuando me soltó, diciéndome entre un sordo murmullo de suspiros y frases rotas, «Mejor no, mejor no», sentándose luego en uno de los sardineles del patio y echándose a llorar como el niño que era, y yo compungido por ese beso, sucio y puro, por esos labios de Tito, que húmedos e inocentes se posaron en mi mejilla, como los tuyos, Alexandra, que en un arrebato de pasión, la primera vez que nos encontramos a solas en mi oficina, fueron el inicio de este amor que aún me perturba, mientras él se iba, como se fue siempre, al bosque, anegado en lágrimas sin esperanza alguna, y como yo ahora que inútilmente te espero en este parque, en esta noche de lluvia y tú que no terminas de llegar, y de pronto pienso que es mejor así, que es mejor que nunca sepas que cuando empezaron tus desplantes y los celos me mataban, empecé a seguirte por las noches sospechando tu perfidia, hasta que en una de ésas te vi saliendo del mismo hotel donde nos habíamos amado sin prejuicios, salías cogida del brazo de un muchacho alto, de caminar atlético, moreno, de pelo ensortijado, perfil guerrero, sonrisa perfecta y unos hermosos ojos gitanos donde la noche y mi corazón quedaron prisioneros.
Entonces, sólo entonces, Alexandra, pude comprender mi antigua pasión, mi desbocado amor por Tito, y los celos, la agonía del triste, del más flaco y desarbolado de la clase, mientras dejo el parque y me interno, con mi cuerpo viejo a rastras y el rostro oculto entre mis manos, en este bosque de edificios, de luces y de vehículos.

  

miércoles, 12 de agosto de 2015

GAVRILO Y LOS OFICIOS HOSTILES DE MARIO CARAZAS




Gavrilo y los oficios hostiles
Mario Carazas
Cuadernos del Sur, 2007
61 pp.

Mario Carazas Conde (Tacna, 1975) Lic. en Administración de Empresas. Ganador en poesía de los Juegos Florales de la UNJBG en 1997. Ganador de los concursos de poesía organizados por la CADELPO – Tacna (Casa del Poeta) en sus versiones de 1999 y 2000. Finalista del Segundo Concurso Nacional de Cuento y Poesía Dedo Crítico de la UNMSM en el 2004 con el poemario Estación de la resaca (inédito). Segundo Puesto en el Concurso de Poesía del Gobierno Regional de Tacna en el 2006. A mediados y finales de los 90 integró el grupo contracultural La liga del Ocio publicando diversas revistas como La liga del Ocio y Las tetas de Sofía. Actualmente labora como docente en la IEP CIMA y en varias academias de preparación universitaria.

Ha publicado Gavrilo y los oficios hostiles (Cuadernos del Sur, 2007), ¿Dónde están los bárbaros? (Cuadernos del Sur, 2007) y El viaje del diente de león (UNJBG, 2014)



Tres poemas que son parte del libro:


VI
LA VIDA DEL BUSCAEMPLEOS LLAMADO  GAVRILO

  
Cortado en tres por un fino cuchillo oriental,
flaco de oportunidad y belleza,
con los bolsillos escarmentados,
finas hileras arrugándome el entrecejo,
blandengue y torpe como un sachet,
amedrentado entre republicanos y reingenierizantes;
mientras una costilla me crece en el pulmón sano,
el resto de pulmones y corbatas erectas en la fila de espera
se afeitan la tos, ensayan los dientes,
el rostro relajado, fotogénico el ánimo,
el alma una nuez, la risa blindada con su margen,
la posición urbana de las manos, el file en sus marcas
y el nerviosismo en un pote sellado,
con todas las de la ley y las más eficientes,
han venido en procesión hechos grada y pulmón;
un nivel alto de mi incompatibilidad con las multitudes
me advierte lo malo de todo esto
aguardando la palabra del gerente
que bastará para sanarme.     



XII
ARS


Un poema puede escribirse
A partir del centro, de la cabeza, del meñique,
De la pelvis, de la nuca, del talón;
No son trozos sino trazos
No es orden sino desvarío
No es cortina ni escena.
Un poema no es un plato de comida
No es un mapa ni un reloj
No es una prenda sobre otra prenda.
Un poema es un fragmento
Un fragmento es un batiscafo
Un batiscafo es un dado en movimiento
Un dado es el tercer planeta
                                                  Sumergido
En la belleza sucia y diminuta
                                                      De una lágrima.
Por eso hay poemas que hacen llorar
Vomitivos, desafinados y aburridos.
Al bostezar o conmoverme
La lágrima se orilla igual
Agua infecunda e insecticida
Mis ojos ya no lloran
Reman,                      ergo
Lloro
Porque las lágrimas sobran.

Porque el poema es una equivocación
Mantra, especulación
Dislates que el poeta mal celebra
Al no encontrarse pulgas

O algún corazón
Al que mutilar
Descoyuntar
Victimar
O encebollar.
Porque aquí
Justo aquí
Sin culinaria
Ni reflectores
Ni la risa cachacienta de
                                         Amadeus
Escribo en mi cama, mi tarima, mi lecho
Nunca a la altura del catre
Que sí tiene la estatura de la lujuria
Escribo y tacho
Tuerzo y clavo
Un letrero que no firmo
«AQUÍ MURIÓ EL PAYASO».

  

XXIII       
GAVRILO SIENTA CABEZA, ESTACA Y LEVANTA MUROS


Tú y yo. Inquilinos de una fosa demasiado ventilada,
provincianos hasta el sebo de nuestras sopas,
salario congelado y unas tallas menos;
levantamos planes, paredes y a un cerro
a todas luces disecado por escaleras de piedra,
achatado en sus polos, donde hincaron con fruición
la Gran Cruz como un diente donde ninguna señal de cable
y sí, los rumores más cáusticos de los cuchicheos barriales
logran competir con tu pequeño en brazos,
con pulmones del tamaño de los baldes
a pura fuerza y reclamo.

Tú y yo nos agolpábamos a las iglesias,
no por conversión, sí como palomas por las construcciones,
con aquel tono bárbaro que nos asiste, que predice
                                                                                                              [arrepentimiento,
piedra Pedro que fuera peldaño
en que Abraham construyera el templo.
Ahora que los dioses no me sustentan
y me impactan sus containers más sólidos,
sólo veo a sus rostros vacilantes y perfiles severos, vaciarse en            
                                                                                                             [cubos y pertrechos,
entre arrojadas oraciones como higos por chamanes y                                                                                                                                                         [florecimientos.
Ahora que nos tocó ser el plato frío,
ostracismo al cual fui preparado unánime y umbilical,
no puedo sino extenderles algún taimado interés por mercancías.
Yo sé bien, cariño: las cervezas nunca se van a acabar
y los polos se achatarán aún más,

el cuerpo merece al movimiento
y el corazón se alimenta de sangre y ternura.
Amables mancebos fuimos, de un mismo sueño acentuado
como un cerro alto que nadie taló, por hidra y muchos cuellos,
donde ni el insomnio ni mis lecturas treparon
y sí, el agotamiento «porque mañana hay que trabajar
                                           y déjate de cosas».



domingo, 9 de agosto de 2015

LA BROMA DE JUAN TORRES GÁRATE




LA BROMA
Juan Torres Gárate
Cuadernos del Sur, 2006
193 pp
Edición agotada

Juan Torres Gárate nació en Tacna (1947). Es docente egresado de la Universidad de San Agustín de Arequipa, donde cursó estudios doctorales en educación y actualmente se desempeña como profesor en la Facultad de Educación de la UNJBG.
En 1985 obtuvo el 1º y 2º puesto en los “II Juegos Florales Municipales” organizado por la Municipalidad de Tacna. En 1986 y 1988 ganó el 1º del mismo concurso. Fue finalista de la IX y XII Bienal de Cuento “Premio Copé” en 1996 y 2002. En el 2005 obtuvo el Premio Nacional de Cuento “Horacio” XV Edición. Ganador de la XV Bienal de Cuento “Premio Copé Internacional de Plata”, 2008. En el 2006 recibió la Medalla “Francisco de Paula González Vigil”, otorgada por el INC – Tacna y en el 2009 el Emblema Municipal, por el honorable Concejo Provincial de Tacna, ambos reconocimientos al mérito de su trayectoria literaria.
Ha publicado los libros de cuentos En busca del comandante, Mojinete, 1986. El gato de la abuela, Educa, 2000. La broma, Cuadernos del Sur, 2006. Momposina, Cuadernos del sur, 2007. Y la novela corta Gilda, Cuadernos del sur, 2004.

Su obra se encuentra publicada en revistas de literatura y arte como Parásito & huésped, El obsceno, Utopía y de ciencias sociales como Pizarra, Paco Yunque y Avance. También ha publicado poesía y ensayo.


En la contratapa del libro:



¿Cómo y por qué leer los cuentos de Juan Torres Gárate? En primer lugar  de acuerdo a una pragmática literaria y de acuerdo también a nuestra propia experiencia, porque están bien escritos. El lenguaje exuberante y fluido, la ironía y las técnicas depuradas que ha empleado hacen de los cuentos de Torres Garate una lectura no sólo placentera sino también liberadora de muchos prejuicios y lugares comunes. La lectura de estos cuentos, por lo menos en nuestro caso, ha llenado plenamente nuestras expectativas ideológicas. En segundo lugar, debemos leer los cuentos de Torres Garate porque permiten «sopesar y reflexionar» muchos aspectos de la problemática humana: niñez, adultez, ancianidad, bastardía, egoísmo, amor, odio, etc. Son cuentos que, para utilizar palabras de Harold Bloom, nos devuelven la «otredad» que en muchos de los casos es la de uno mismo. Asimismo, afianzan nuestro nivel ético en cuanto aprobar o desaprobar, amar u odiar, ciertos hechos, ciertas acciones. La lectura de estos cuentos nos permiten ampliar nuestro mundo, vivir hechos y circunstancias, aunque sea mientras dure la lectura, en un tiempo perfecto: el de Pacheco Céspedes, siendo uno más en ese barrio prodigioso, acompañando a los «Dragones de Pacheco» en sus travesuras, temores, penas y alegrías.
Saúl Domínguez Agüero

«La broma», es un bello libro de cuentos preñado de una diversidad temática, donde el autor  libera  su pluma, rompiendo el silencio del barrio donde vive y procrea la palabra en busca del  genio creador de los relatos más  inverosímiles, que nos atrapa con el deleite incontrolable de leerlos sin detenernos, de un solo tirón, y aún después pareciera que siguiéramos escuchando  un leve rumor que nos  conmociona y se  apodera de nuestro pensamiento, una imagen, un suceso, hasta la candorosa malicia o la ironía, que el autor domina con suma  habilidad, para mantener en suspenso y deleitar al lector.
       Guillermo Quintanilla Toledo





Ludwig Feuerbach y Rosita Mamani

Juan Torres Gárate


Y aunque ustedes no me crean, terminé robándome el libro. Les digo a ellos que me escuchan absortos, que han dejado de escribir, colocado los lapiceros sobre las carpetas, sacado los audífonos de los walkmans, cruzado las manos, centrado la atención en lo que acabo de subrayar levantando la voz, insistiendo, Me lo robé. Así de simple.
Y es que, Rosita, cómo explicarles mi pasión por ese libro desde el momento en que tú lo sacaste del estante y me lo llevaste hasta la mesa donde, después de mirar tus hermosas piernas subidas a la escalera enana, yo agonizaba de pasión y No sé si iba todos los días, les sigo diciendo, por el libro o por ti. Estallan en una carcajada, Más por ella seguramente, se escucha una voz al fondo del salón, y la risa se ensancha. Cómo explicarles, Rosita, que desde que me instalé definitivamente en el puerto, me hice cargo del trabajo (el quinto grado en una escuelita de primaria ubicada en la Avenida Lino Urquieta, el quinto grado de la vespertina colmado de trabajadoras y de empleadas del hogar donde dicté mi primera clase: las partes de la vaca, después de haber concluido siete años de estudios en una Facultad de Educación y de creerme, además, un genio incomprendido, perdido inexorablemente en los vericuetos de las modernas corrientes pedagógicas que nada tenían que ver con la vaca ni con las empleadas del hogar), me haciné en el segundo piso de una modesta casa de pensión, en un cuartucho que después se haría famoso con el nombre de "La pocilga del profe", que sólo tenía un pequeño ventanuco que daba al mar que no se veía porque lo habían horadado, a propósito, cerca del techo, adonde yo no llegaba ni subido a la cama, que era una especie de bendición en el invierno pero un trozo del infierno en los veranos, y donde, Rosita, debía hacerse todo de costado pues la cama entraba sólo al través, y la mesita y la maleta y los libros tirados por todos lados también en sesgo como acomodándose a una geometría impuesta por la necesidad,  ¿Todo de costado, profe?, otra vez la voz del fondo, y nuevamente la risa, cómo explicarles, te decía, que a pesar de las incomodidades, del genio destemplado de la vieja dueña de la pensión, de su hija que deambulaba coqueta y rijosa por la casa de arriba a abajo en un shorcito escandaloso amotinando a los inquilinos con su estela de perfume barato, de la lora que la vieja colgaba en una jaula cerca a la puerta de mi cuarto a las cinco de la mañana, lora de mierda que hablaba todo el día, de las borracheras de los inquilinos que vivían a mis costados y de los escándalos que armaban las dos polillas que alquilaban en el tercer piso, a pesar de todo, Rosita, era feliz por aquella época.
Entonces llegué, les sigo diciendo, y no más instalarme en un hotel de mala muerte, en una habitación de camas múltiples, salí a caminar por el puerto. Me sentí eufórico recorriendo sus estrechas calles mientras un perfume de mariscos asciende del mar y me arrebola el rostro aún no acostumbrado a la agresión salobre del viento que terminará curtiéndome la piel, azogándome los ojos cuando el sol de la canícula desnude su enfado sobre mi cuerpo tirado en la orilla, contemplando, por entre la reverberación deformante del calor, un encaje de espuma que barre la arena y cubre las  rocas donde agitadas cabelleras de algas son peinadas por el agua y el viento, y un festín de gaviotas que danza y pía y levanta vuelo y me distrae de la inmensidad azul donde, a lo lejos, se recortan pequeñas embarcaciones y aquí, donde me abraso, cuerpos desnudos de mujeres esbeltas me traen el recuerdo del tuyo que todavía no existe, Rosita. Recorro el puerto con un entusiasmo renovado de adolescente ingenuo, subo y bajo por sus callejuelas recientemente asfaltadas, me detengo para contemplar sus pequeñas casas de madera y calamina casi todas con un alto porche sobre la calle, con sus balaustradas y sus minúsculas graderías desgastadas por la carcoma, me detengo en la placita de la Capitanía y camino hacia el muelle viejo y un perfume de laurel me persigue mientras me adentro en el mar sobre la inconsistencia de un tabladillo que bailotea sobre pilotes de fierro y llego hasta el borde del abismo donde una farola de tenue rojo me detiene y aspiro el aroma del mar cálido y sensual aun en el invierno, me detengo y veo la glorieta solitaria, adonde, Rosita, después de mi primera clase en la escuelita de la vespertina me llevó una alumna que se sentaba en la primera fila y que me guiñó un ojo apenas ingresé al salón de clase como sospechando que estaba nervioso y que no sabía qué hacer con ellas ni con las partes de la vaca, De seguro que no conoce el puerto, profe, me dijo ella de apenas dieciséis añitos, morenita, con una cinta roja que le sujetaba el cabello lacio, con unos labios rojos recién pintados, un vestidito de percal y sus zapatitos de taco de charol, No, llegué recién ayer, le digo, mientras la contemplo de arriba a abajo, mientras calculo el tamaño de su osadía, la generosidad de su cuerpo cubierto por una tela barata, Lo acompaño profe, dice, vayamos al muelle que es lo mejor del puerto. Caminamos un largo trecho de bajada hasta llegar al puerto y adentrarnos en el muelle viejo, Vamos a la glorieta, dice, desde allí se lo contempla mejor. Nos acodamos en la balaustrada y ella me lo enseña con detalles. Después habla de sí: trabaja en una conservera eviscerando pescado, ahora me explico su pesado olor a pesar del perfume, vive sola pero mantiene y educa a un hermanito menor huérfano como ella, me cuenta sus planes, abre su cartera, me invita un chicle de menta, habla de la muerte de sus padres y de la miseria de su vida, se seca una lágrima, mientras que bajo la glorieta el mar bailotea por entre las rocas y de vez en cuando, cuando se encabrita, una lluvia salina asciende hasta nosotros que estamos ya muy juntos y yo consternado de pena que la abrazo, cojo sus manos marchitas cubiertas de escamas y ella que me besa con un beso experto pero lleno de angustia y yo que siento su sabor a cebolla y a ajos a pesar de la menta.
Y ése, Rosita, fue mi primer amor, el amor de Inés, aunque hoy, al paso de los años, no estoy seguro de que fuera su verdadero nombre. Ahora lo sabes. Pero a ellos no se lo cuento, ni pensarlo, porque siguen atentos y están más bien preocupados por el destino del libro de Feuerbach que me lo robé sin atenuantes. Mientras tanto sigo recorriendo el puerto y ahora doy con la plaza y con su iglesia: vieja embarcación varada por la tormenta y que ha quedado tirada sobre un promontorio, desolada, sobre esta desolación más grande aún sin árboles ni pileta ornamental, apenas unas bancas que la limitan y más allá un cine del Oeste como en las películas de pistoleros, con su marquesina elemental y mortecina. Sigo recorriendo el puerto y por fin, porque allí nos conocimos, Rosita, la placita Mariscal Nieto con el busto del héroe en el centro y un jardín donde abundan las cucardas, los laureles y las acacias, cercado por bajas rejas de metal y un puñado de bancas donde los hombres de mar, estibadores y pescadores, suelen descansar, fumar y charlar todas las horas y días del año, y, en torno a ella, el mercado, la Municipalidad, la oficina de correos, el  paradero de colectivos a Ciudad Nueva, la placita, que era como el corazón del puerto y desde donde se abría al mar vía la calzada del Terminal Marítimo, vía el caminito hacia el varadero, el pasaje hacia la Plaza Mayor, vía sus largas calles hacia los pueblos jóvenes encaramados sobre los cerros. 
Pero ahora que recuerdo bien, no fue precisamente en la placita Mariscal Nieto donde te conocí sino más bien en la Biblioteca Municipal, ubicada en los bajos del edificio del Concejo, que está frente a la plaza, y donde tú trabajabas como bibliotecaria compartiendo esa precaria oficinita con los yanquis del Cuerpo de Paz. Sin embargo, bien pudo ser allí porque una vez que dejé el hotel y me instalé en la casa de pensión salía desesperado todas las mañanas a deambular por el puerto ya que era imposible permanecer en casa después del desayuno: la lora no me dejaba concentrar cuando pretendía leer, escribir, pensar, ya que cloqueaba, se paseaba por el palo de la jaula, silbaba, gritaba, armaba escándalo cuando la hija comenzaba a subir y bajar por las escaleras con su shorcito minúsculo y su perfume rijoso en un viaje maniático que no tenía cuándo acabar, cuando las polillitas del tercer piso se sentaban en el balcón y mostraban sus encantos a la caza de clientes, cuando el más borracho de mis vecinos llegaba de altamar borracho como una cuba y si alcanzaba a subir las gradas se llegaba gateando hasta la jaula de la lora,  se arrodillaba y le decía Mi palomita, mi Espíritu Santo aquí me tienes, mi palomita, sano y salvo, y él de rodillas, las manos juntas elevadas al cielo de la lora que se protegía encaramada en lo más alto de la jaula mirando al borracho con ojos azogados, irónicos, incrédulos y luego comenzaba a reírse a carcajadas extendiendo las alas, haciendo aspavientos que dejaban un reguero de plumas, de cogollos de lechuga y de agua derramada con la que el borracho se persignaba y agradecía mientras que la lora, ya casi ahogada por la risa, le decía Dios, Dios, Dios, en tanto que el otro, el borrachito madrugador y resaqueado desde su cuarto protestaba con voz aguardentosa ¿Quién es Dios, carajo? ¡Yo soy Dios, carajo!, y la vieja que salía disparada de la cocina para parar el lío y yo que también salía disparado para calmar mi desazón recorriendo el puerto, Rosita, yendo hacia el mar a contemplar el movimiento sensual del agua con sus bolicheras y falúas, con sus buques de gran calado descargando petróleo o acoderados en los modernos muelles servidos por grúas, cargadores frontales, tractores, fajas transportadoras y cientos de hombres obstinados en traje de faena, y los alcatraces y las gaviotas y los frisos de espuma y el cielo azul celeste y el sol sobre el viejo muelle y la glorieta y el varadero con sus largas tendidas de pescado fresco de pulpos y calamares y mariscos, y el perfume de profundidades insondables y el olor a yodo en los erizos y en el piure y en las jaibas, como arriates de rosas rojas perladas de rocío y alhucema, y yo que asciendo complacido y calmo desde la orilla mareado por el olor y por el paisaje y me llego hasta la Plaza Mariscal Nieto desde donde te contemplo absorto, a través de una ventana, subida a una escalera enana y un libro entre tus manos.
Fue así como conocí la Biblioteca Municipal, les digo a ellos que aún me siguen con atención y nuevamente la voz del fondo ¿La biblioteca o a Rosita, profe? La biblioteca, digo, y donde entré en contacto con Ludwig  Feuerbach, pero ya no me creen por el murmullo de insatisfacción que percibo ahora también en las filas de adelante, entonces sigo Bueno, también a Rosita, claro, por qué no, y entonces Ahaaaaaa..., Rosita, y ahora hechas las pases continúo Una sala pequeñita, jóvenes, con sólo tres altos estantes de madera abarrotados de libros viejos que llegaban hasta los frisos del techo, una larga mesa de madera, dos bancas y una que otra silla,  y en la esquina del fondo un pequeño escritorio hasta donde fui nervioso cuando entré por primera vez, Rosita, y donde tú me recibiste con un esbozo de sonrisa, unos grandes ojos color caramelo y unos senos que pugnaban por destrozar los botones de tu blusa de organdí, Sólo para la sala, dijiste, y tu voz que sonó a coro de ángeles confundido con el canto gregoriano de algún buque haciéndose a la mar, y yo que comencé a recorrer los estantes, ávido de lectura y de soledad, encontrándome entonces con raros ejemplares con títulos y autores que sólo conocía de oídas en los labios de presumidos profesores universitarios, sacando y dejando los libros que vibran de emoción en mis manos con el perfume marchito de sus hojas pálidas, resecadas por el tiempo que desvae nombres y títulos, carcomidos por las polillas, manchados por la humedad, rescatados de algún conato de incendio de algún oscuro desván, tétrico rincón que, No obstante, jóvenes, mantenían atesorados tanta belleza, tanta verdad, les digo, Rosita, para que me sigan prestando atención, para justificar también en parte el escandaloso robo de ese libro, La Esencia del Cristianismo, primera edición de 1941 de la editorial Claridad, que me marcó desde que leí en su primera página la dedicatoria de un tal doctor Salinas, A la juventud estudiosa del puerto, Ilo, mayo 26 de 1970, con indeleble tinta líquida azul, desde que con ojos ansiosos recorrí el índice y ya quería leerlo todo y tú, Rosita, que me mirabas de reojo como sospechando alguna oscura maldad, intuyendo malhadadamente un no sabías qué, que me hacía sospechoso a tus desacostumbrados ojos recelosos de mí y que marcó el inicio de un breve pero volcánico romance, les digo a ellos en cuyos rostros leo claras muestras de interés, un romance extraño, Rosita, esto se los digo quizá con ingenuidad para mantenerlos atentos, aunque tú sabes que también es cierto porque desde que te conocí me convertí en el más asiduo concurrente a la biblioteca aunque, a decir verdad, era el único que la frecuentaba por las mañanas ya que por las tardes y las noches se llenaba de estudiantes, y, además, por mi trabajo, un romance que comenzó como jugando luego que los yanquis del Cuerpo de Paz fueron expulsados del país y nos dejaron la biblioteca para nosotros dos que, como jugando, nos citábamos sin citarnos a las nueve de la mañana de todos los días, y yo que sacaba a Ludwig Feuerbach y tú que te sentabas al escritorio y luego, con cualquier pretexto, te subías a la escalera enana para mostrarme tus hermosas piernas y sacar un libro que no necesitabas y yo tampoco había pedido, hasta que del libro de Feuerbach que fichaba con esmero, de las uñas que te pintabas de escarlata, de los periódicos que ojeabas, de los tapetes que bordabas pasamos a la conversación amistosa porque nadie nunca entraba a esa biblioteca por las mañanas, que fue el refugio para mi desamparo del principio y el azoramiento que sentía cada vez que entraba a clases para hablar de Grau y de las enfermedades transmitidas por las moscas, los efectos de la carencia de la vitamina D, y soportar el ruego de los ojos de Inés que quería llevarme todas las noches a la glorieta, y yo que ya no quería porque no podía demorarme ni un minuto al salir de clases a riesgo de encontrar una polilla echada en mi cama, leyendo uno de mis libros sin saber nunca cómo conseguía abrir la puerta de mi cuarto y que no lograba echar a tiempo porque después de todo no estaba nada mal; refugio por las mañanas incluso cuando Dios no estaba borracho y se acercaba a la jaula de la lora, que ya me había quitado el sueño a las cinco de la mañana, y le preguntaba ¿Cómo está mi lorita?, y la lora emplumada, agazapada en la parte superior le gritaba Borracho, borracho, borracho, y el borrachito del cuarto de al lado ¿Quién es borracho, carajo? ¡Yo soy el borracho, carajo!; refugio por las mañanas cuando aún no había amanecido y la hija de la dueña me tocaba la puerta para pedirme una pastilla para el dolor de cabeza, vestida o desvestida, con una bata transparente mostrándome sus encantos sin pudor alguno y yo que me ruborizaba y ella que se moría por entrar pero que no lo hacía porque invariablemente me encontraba ocupado con las polillas y hasta con Inés, Rosita, claro que esto no se lo digo ni a ellos tampoco porque qué podrían pensar, pero a quien me fue imposible rechazar una noche que la echaron de su cuarto por insolvente cuando la crisis de la pesca; refugio por las mañanas, al encontrarme contigo, Rosita, en esa biblioteca que fue saqueada por mi curiosidad, ofendida por mi atrevimiento no sólo por el libro de Feuerbach que empecé llevándomelo a mi pocilga para continuar su lectura por las noches sino porque, no sé a quién echarle la culpa, se convirtió en nuestro pecaminoso nido de amor, que comenzó con un beso detrás de la puerta y al que siguió un encendido romance a espaldas del estante que dividía la biblioteca de la oficinita de los yanquis del Cuerpo de Paz que habían sido expulsados del país, en el suelo, entre rumas de periódicos donde, con un miedo primitivo, después de cerrar la puerta y la ventana terminamos haciendo el amor luego que tú te despojaste de la blusa de organdí y vi por primera vez tus inmensos senos firmes mientras el amarillento sol, tras la vidriería de la ventana, te daba un rostro de flor en tanto que mi cuerpo se adhería el tuyo como en un ritual antiguo y un vaivén lento de espuma con una tierna blandura de gruta, que aprisionaba mi deseo y mi soledad con una consistencia de nácar. Una salita pequeña, jóvenes, con tres altos estantes de madera abarrotados de libros hasta los frisos del techo donde encontré aquéllos que ya les he citado y que no obstante, insisto, sobre todo el de Ludwig Feuerbach que terminé llevándomelo porque me era imposible resistir la tentación de subrayarlo todo luego de ficharlo a medias en la biblioteca, interrumpido solamente por los besos, las caricias de Rosita y los aterrizajes forzosos en el suelo cubierto de periódicos.
Y ustedes se preguntarán por qué ese interés especial en el de Feuerbach, les digo a ellos, Rosita, cada vez más interesados en ti, en nuestro romance tejido de lascivia, en la oficinita de los yanquis expulsados convertida de pronto en hemeroteca, cada vez más ansiosos, miradas concupiscentes que interrogan más preocupados en la turgencia de tus senos y el movimiento ondulante de tu cuerpo de caracola, Porque en él, les digo levantando la voz, encontré aquello que no pude en otros libros: el carácter patológico de la religión y la exacta diferencia entre el cristianismo y el paganismo, que no pude hallar en otros libros, insisto, y porque además es el tema que hoy nos convoca, estimados discípulos, y la asignación de la siguiente semana: el problema de la alienación y de la enajenación. Pero ahora, Rosita, noto en ellos huellas de desasosiego y de un torvo malestar que procuro atenuar insistiendo en nuestro amor, que se estaba convirtiendo en rutina a pesar de los sobresaltos por el temor de que nos sorprendieran sacándote la blusita de organdí, colocando mis pantalones entre los libros, detrás de los estantes, destrozando los periódicos mientras se oían ruidos de pasos, las bravatas de los pescadores, el vuelo rasante de las gaviotas que removían los aleros del viejo edificio y el perfume del laurel y de las acacias que penetraba por debajo de la puerta y los susurros de tu voz unida siempre al canto gregoriano de algún barco haciéndose a la mar; convirtiéndose en una rutina a pesar de todo y del esfuerzo enorme que me costaba luego separarme de ti para irme a mi pocilga con una tembladera de piernas que reponía en la siesta después del almuerzo, siempre y cuando la lora se mantuviese quieta, los borrachitos en alta mar, las polillas ocupadas con sus clientes en el tercer piso de la casa de alquiler, y la rijosa hijita de la dueña con un dolor de cabeza de los mil demonios tirada en su cama hasta el amanecer, hasta la hora en que desnuda me tocaba la puerta para pedirme una pastilla; convirtiéndose en una rutina, Rosita, la cena y las clases de la vespertina en esa escuelita donde me esperaba Inés ya no en el salón de clase sino en la esquina, suplicándome que la llevara a la glorieta, invitándome pastillas de menta y después a mi pocilga porque no tenía donde pasar la noche, amenazándome con contarle a la Directora de la escuelita, y yo que entraba perturbado con ella a mi costado despertando sospechas por el tamaño de su osadía, de su conocido cuerpo oliendo a perfume barato, su ropita de percal, de sus maltrechos zapatitos de charol y sus rojas cintitas sujetando sus cabellos lacios renegridos de sus dieciséis añitos, y yo que dejaba a Feuerbach lleno de fichas sobre el pupitre y comenzaba ahora con los centros mineros más importantes del país para pasar luego a las propiedades y beneficios de la leche materna, en seguida a los insectos característicos del puerto y terminar con una alabanza al gobierno de turno, que no tenía nada que ver con los siete años que me había pasado en la universidad repasando y memorizando las corrientes pedagógicas contemporáneas y los modernos tratados de pedagogía comparada, y que en absoluto me ayudaban a solucionar los problemas dentro ni fuera de clase; convirtiéndose en una rutina, Rosita, cuando a la medianoche, a la luz de una lamparita, en mi pocilga, seguía leyendo a Feuerbach pensando en ti, en que me estaba enamorando de ti, en que tenía necesidad de ti sin saber nada en absoluto de tu vida, Rosita, soñando contigo, en la experiencia de tus besos, el movimiento ondulante del mar en tus caderas, en la exhalación del perfume de algas de tus axilas, y en esa gruta a la que me acercaste por primera vez y que tenía el olor de los mariscos frescos, la textura de musgos húmedos y el sabor de la miel añeja, embriagándome con esa soledad que venía de antiguo; convirtiéndose en una rutina hasta que una noche en que suspendieron las clases, y apenas me deshice de Inés, fui a la biblioteca para que aplacaras mi tristeza, amándonos ahora en la oscuridad, pero llegué tarde, cuando estabas echándole cerrojo a la puerta y yo decidí por la sorpresa aguardándote en el parque, detrás del busto del héroe, confundiéndome con la tenue luz de los faroles, el perfume del laurel y las acacias, decidiendo por la sorpresa de cogerte por detrás, tapándote los ojos, preguntándote mi nombre con la voz enronquecida de las olas en los arrecifes, sin pensar que la sorpresa me la darías tú quedándote en la puerta que acababas de cerrar, mirando impaciente hacia la noche, reacomodándote el cabello, repintando tus labios carmesí hasta que llegó él y te tomó en sus brazos, te besó, te cargó con una fuerza de oso, te rodeó la cintura y se fueron caminando por la larga vía que lleva hacia los pueblos jóvenes del puerto encaramados sobre los cerros.


Esto naturalmente no se lo cuento a ellos, Rosita, sólo les digo que cansado de esa rutina y porque ya había terminado de fichar y rayar a Feuerbach hasta la saciedad, al extremo de no poder distinguir con claridad lo fundamental de lo accesorio, decidí quedármelo porque, les pregunto, Quién más lo iría a leer en ese pueblo de pescadores y de estudiantes derrengados y bulliciosos que cada tarde, cada noche abarrotaban la biblioteca en busca de enciclopedias y de libracos de dos por medio, importunando a una bibliotecaria medio ignorante, medio huachafa, pechugoncita, ociosa... ¿Qué pasó, profe?, ¿qué pasó..?, preguntan ahora en coro, sorprendidos, Nada, digo, simplemente que me parece justificado haberme robado ese libro que era como una perla en un basural de hojas apolilladas, desvaídas, enmohecidas, ese libro que de pronto iba a servir de soporte, de nivelador de algún estante cojo o, en el mejor de los casos, de cabecera de algún otro desquiciado amor furtivo tirado por el suelo junto a los periódicos que cubrían, Rosita, el piso de la oficinita que  compartías con los yanquis del Cuerpo de Paz que habían sido expulsados del país, No me parece correcto, profe, de pronto se alza una protesta que viene nuevamente de atrás, A mí tampoco, ahora la voz de adelante, No era lo correcto, la voz muy cerca del atril de donde les cuento, Pudo fotocopiarlo y devolverlo, profe, No seas zonza, pues, en la edad de piedra no había fotocopiadoras, risas, risas, Huuuuuy, profe, y luego el desconcierto de voces que se cruzan, que discrepan, asienten, hasta que, de pronto, otra voz ¿Y Rosita, profe?  Síííííííí..., otros estudiantes a quienes seguramente Ludwig Feuerbach y La Esencia del Cristianismo les llega altamente, Bueno, digo, no la volví a ver más, Nooooo... un coro de voces, Pero, agrego con renovados esfuerzos, veinte años después... Huuuuy, profe, nosotros aún no habíamos nacido, Probablemente ni en proyecto, digo y continúo, regresé al puerto para resarcirme de ese robo, de ese atentado de lesa cultura, regresé, pero no para devolver el libro que guardo en mi biblioteca como un recuerdo de mis años de juventud que me traen a la memoria mis inicios como maestro en esa escuelita vespertina de la Avenida Lino Urquieta y de la primera clase hablando de las partes de la vaca a las empleaditas del hogar, de Inés, de quien sigo dudando de que fuera su verdadero nombre, de la casa de pensión y de la lora y de Dios y de los borrachitos y de las polillas que se metían a mi pocilga, de la hija desnuda de la dueña y sus dolores de cabeza y de ti, inolvidable Rosita, ahora que precisamente el automóvil que me conduce al puerto supera la última curva de la pendiente y distingo nítidamente, como hace veinte años, la inmensidad del mar, la festonada espuma contra los arrecifes, y luego el puerto con su bandada de gaviotas y bolicheras, y yo que aspiro el aire salobre del mar mientras atenazo diez ejemplares del libro que acaban de publicarme en la capital, de mi libro, Rosita, como tú querías que fuera, para obsequiarlo a la Biblioteca Municipal con mi orgullosa dedicatoria, A la juventud estudiosa del puerto, Ilo, agosto 28 de 1995, para entregártelos a ti precisamente con una sonrisa de felicidad, porque, a pesar de todo, profe, lo esperé siempre, para aclarar el malentendido, subida a la escalera enana para mostrarle mis hermosas piernas, apoyada en la ventana contemplando las gaviotas que rozaban los aleros del viejo edificio, aspirando el perfume del laurel y de las acacias, pensando que usted regresaría algún día para devolverme el libro de Feuerbach sin sospechar que yo moriría la víspera de su llegada.